Los días en las tierras altas no transcurrían; se acumulaban como capas de ceniza sobre los campos heridos de Inglaterra. En las afueras de la capital, el paisaje de Northumbria se había convertido en un osario a cielo abierto, una frontera de barro congelado y costras de nieve sucia donde los desamparados se apiñaban como ganado en espera del matadero. Hombres cuyas manos civiles se habían quebrado bajo el peso de los arados destruidos, mujeres con lactantes cuyos llantos morían antes de conge