V

Estaba demasiado sorprendida. Se sentía extrañamente cómoda, como si, de algún modo inexplicable, aquel sitio desconocido pudiera llamarse hogar. Tal vez, en lo profundo de su ser, lo era. Incluso en medio del bosque ajeno, rodeada de los animados sonidos del canto de los pajarillos que parecían hablarle entre las ramas, Catherine permanecía pasmada, sin intención clara de moverse. Fue entonces cuando tomó la mano de Thomas; él, con delicadeza sincera, la guio hasta la cabaña sin ejercer presión alguna.

La sala era acogedora y estaba cálida. El aroma a sándalo y lavanda acariciaba suavemente los pulmones de los presentes, envolviéndolos en una sensación de calma casi irreal. Una pequeña mesa sostenía todos los manjares que él mismo había seleccionado con cuidado, pensados para ser compartidos solo entre ellos, sin la intervención ni la sombra de su madre.

—Es para nosotros, mi amada Catherine —dijo con suavidad, tomando sus hombros desde atrás con extremo cuidado—. Te prometo que no te tocaré en estos días.

La levantó con delicadeza hasta los asientos de madera que yacían junto a la mesa. Allí, él mismo tomó su porción y, con torpeza evidente, sirvió los alimentos. Catherine se sintió confundida. Había estudiado con diligencia todas las enseñanzas de su institutriz, cada norma, cada gesto esperado. ¿Tal vez el príncipe heredero había descubierto lo ocurrido en su pasado.

—Gracias, mi príncipe. No soy merecedora de su atención —dijo inclinando la cabeza con respeto.

—Levanta tu cabeza, Catherine. Mereces más de lo que jamás pudieron ofrecerte. Nunca inclinarás tu cabeza ante mí ni ante nadie —respondió con firmeza, antes de besar con devoción su maravilloso vestido

—. Ahora que estamos casados, yo seré tu leal siervo. Conmigo puedes burlarte, herirme, castigarme. Si me pidieras la corona, te la entregaría sin reproche alguno. Solo anhelo que olvides todo el mal que te han hecho y que, aunque sea un poco, puedas amarme.

Cenaron con tranquilidad, disfrutando únicamente de la compañía mutua. Ya no existía el mundo exterior, solo ellos dos. Si bien Catherine no sabía cuánto tiempo podrían permanecer en su pequeño paraíso, deseaba gozar cada segundo que se les concediera. Tal vez Thomas no sería capaz de consumar el matrimonio, pero aquello era lo de menos con tal de ocupar un lugar en su corazón. Él conocía su pasado y no estaba dispuesto a recordarle el dolor que aún cargaba.

—Cariño, dormiré en el suelo. Por favor, duerme en la cama —señaló con respeto.

—Mi príncipe, no deseo que usted sufra por atenderme. La cama es amplia, ambos podemos dormir abrigados —respondió mientras palmeaba la suave tela.

Cerraron los ojos para encontrarse en sueños de esperanza. No había nadie que pudiera interrumpir aquel momento, ni siquiera el desesperado ser oscuro que no lograba hallar a la princesa entre tantos aromas insaciables. Solo le quedaba marcar su territorio, incapaz aún de arrebatar la vida de la persona que había seleccionado para su travesía humana.

Esa misma noche, el conde descargó su venganza sobre los humanos, llevando a su tumba a más de treinta personas inocentes, completamente inmerecedoras de la muerte. Entre ellas hubo niños, mujeres y jóvenes varones. El conde no distinguía edades, ni historias, ni sexo; la noche lo envolvía todo con la misma indiferencia que alguna ve había sentido en su conversión. No actuaba impulsado únicamente por el hambre. Aquella necesidad primitiva era apenas una excusa, una máscara que ocultaba algo más profundo y peligroso. En lo más recóndito de su ser habitaba una entidad voraz, antigua, un huésped oscuro que no hacía más que devorar los restos de humanidad que aún clamaban permanecer en él. Cada vida usurpada representaba una ofrenda silente. Cada sorbo de sangre recorría su garganta como un fuego espeso, abrasador, borrando recuerdos, emociones, culpas, aunque no el deseo.

Los sonidos de los pajarillos despertaron a la noble princesa. Aquella noche había sido disfrutada como nunca antes. No halló pesadillas que atacaran su ser en su profundo estado de descanso. Sin embargo, notó una mano posada detrás de su nuca, y su cabeza reposaba bajo un brazo firme, inclinado hacia ella de manera protectora. El hecho era real. El cuerpo de Thomas estaba orientado hacia ella, con una respiración tranquila y totalmente desprotegida.

No había sido capaz de observarlo con detenimiento por una timidez torpe, pero ahora lo encontraba fascinante. Su cabellera dorada era hermosa, y sus ojos, como zafiros puros, cada vez que la miraban parecían indagar su alma. Con cuidado, acarició sus labios sin despertarlo, aquellos labios que le profesaban amor. Si bien era consciente de que él la veía como una mujer, temía que, si comenzaba a amarlo, él se arrepintiera de tener a una impura como esposa, una descendiente del mal.

Con los pies aún descubiertos, fue testigo de cómo la luz vencía a la grotesca oscuridad. Diminutos rayos marcaban un nuevo comienzo. Se sintió tranquila al recibir una paz que jamás había experimentado. Ahora deseaba mejorar, dejar a los seres de la oscuridad para permitir que su luz los consumiera, pensó mientras observaba a Thomas descansar.

Su pecho se sentía feliz y deseaba expresarlo. Al no hallar alimentos preparados ni madera encendida, decidió compartir aquella alegría con su esposo. Preparó panecillos de queso, láminas de queso de cabra con ajo fresco, un trozo de ciervo cortado en finas tiras y verduras fáciles de digerir. Calentó leche y té de jazmín y se acercó a él.

—Mi príncipe, abra los ojos, que un hermoso día nos espera —susurró mientras lo mecía suavemente.

Sus ojos azules se encontraron con los marrones de ella, y ninguno pudo apartar la mirada, como si un hipnotismo voluntario los mantuviera unidos en esa misma dimensión.

—Lamento no haber sido yo quien prepara estas delicias. El almuerzo lo haré yo —dijo antes de dirigirse al baño.

Parecía serio y distante, pero Catherine recordó que una mucama había mencionado que al príncipe le resultaba difícil despertar temprano. En pocas palabras, detestaba las mañanas. Al salir del baño, su aspecto había mejorado por completo.

—He preparado un itinerario para hoy —dijo mostrando un papel amarillento—. Surcaremos la tierra para plantar estas rosas que he traído especialmente para ti, Catherine.

—¿Plantar? Es algo que nunca he realizado, mi príncipe —titubeó.

—Yo tampoco, querida. Entonces está bien si nos equivocamos un poco al principio.

La parcela de tierra negra se extendía ante ellos. Pequeños animales se movían entre la hierba, causando un temor instintivo. Soldados custodiaban la cabaña, conteniendo fuerzas enviadas por la flamante emperatriz, decidida a interrumpir aquel momento que sabía que ella gozaría. No podía permitir que la hija de esa mujer tuviera el amor que ella no pudo disfrutar.

—Princesa —Edward se acercó con agua con miel—. Beba para recuperar energías.

Extendió la copa que era de plata, una precaución necesaria para evitar cualquier intento de envenenamiento. El cansancio era notable, pero ella continuó. Era la felicidad auténtica que iba más allá del cansancio.

—¿Estás agotada? —preguntó Thomas, cubierto de barro. Aunque notablemente preocupado por su esposa.

—No. Lo estoy disfrutando como nunca antes —sonrió, completamente desaliñada.

Estaba totalmente desaseada, empapada en sudor, y aun así Thomas no dejó de verla como la mujer más hermosa que había conocido. Aquello le proporcionó alivio a su corazón de un modo imprevisto.

Cuando Edward anunció que el agua estaba lista; ambos, sin darse cuenta, habían aprovechado el día entero, saltándose la hora de la comida. En un abrir y cerrar de ojos, el horario se había desdibujado bajo la emoción compartida. Aunque la jornada había sido fructífera, ahora debían enfrentar el momento del baño. Catherine comprendió que debía actuar.

—Deberías ir primero, mi princesa —dijo Thomas, sacudiendo sus ropas—. Yo lo haré después. Catherine se sintió avergonzada, pero sabía que debía hacerle entender que deseaba algo más que cuidado y distancia. Con timidez, tomó la camisa de Thomas y lo condujo hacia el baño. Él, confundido, no supo qué reacción mostrar.

—Princesa…

—No me hagas decirlo, mi príncipe —susurró—. Mi cuerpo te llama.

Y en ese instante, lejos de la sangre y las sombras, inmersa en cálida luz de Thomas, Catherine eligió amar sin miedo al presente.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP