Mundo de ficçãoIniciar sessãoAquel día, nubarrones de formas colosales desfiguraron la belleza celestial. El cielo, antes diáfano, se volvió un lienzo de sombras agitadas. Entre la lóbrega vaharina, el ser inmoral reclamó poder, percibiendo en la tempestad el costado más terrorífico de Catherine. No era solo la tormenta lo que rugía: algo antiguo y prohibido se agitaba con ella.
Entre las hojas delgadas y envejecidas del bosque, las pisadas impactaban con un crujido quebradizo, hiriendo la tierra. Las cortezas eran arrancadas con violencia por la velocidad desesperada de la huida. La necesidad de verla se marcaba en el aire, mezclada con el aroma conocido de la pasión y la obsesión. Su cuerpo se transformó entonces en un gigantesco murciélago, de alas descomunales y un rostro humano deformado por el deseo. Camuflado entre las nubes, fue capaz de verla. La situación no fue desagradable en lo más mínimo. Ella fue tomada por una dulce paz, por una sensación de amor tan profunda que anulaba cualquier noción de posesión. Solo existía el sentimiento puro. Nada de lo que él había hecho —o haría— con ninguna mujer, incluida la princesa heredera, se asemejaba a aquello. Con sus venas ennegrecidas a punto de estallar, esa noche tomó dominio de sus concubinas, intentando demostrarse a sí mismo que nunca sería capaz de amar. En el acto, mató a tres de ellas, quedándose únicamente con Raluca, su leal servidora. Los planes del asesino fluctuaban en una línea temporal que iba más allá de la mente humana; planes que, según su propio pensamiento retorcido, enriquecerían la vida de Catherine. Aun así, aquellos eran apenas los primeros pasos hacia el lado oscuro de la princesa: un abismo tan vasto y profundo que incluso las olas del mar parecían insignificantes ante su presencia. La noticia del asesinato llegó a oídos del imperio, tomada como testimonio a través de Raluca. Se inició la búsqueda de los sospechosos por el asalto a la propiedad privada y el asesinato a sangre fría de las tres jóvenes, con pruebas de ultraje lascivo. Aun con temor y una forma distorsionada de amar, Raluca siguió los planes del conde. Tomó como candidatura perfecta convertirse en sirvienta exclusiva al lado de la princesa: la infiltrada ideal para obtener información durante el día, cuando él no podía acercarse a la suprema noble. —Su majestad, emperatriz —dijo con voz quebrada—. Somos enviados de la corte de mi preciada nación. Ruego que encuentre a quienes ultrajaron a mis hermanas e intentaron hacer caer a mi conde. Las lágrimas frías se desvanecían en su rostro. —He visto el cuidado que el conde prodiga a sus sirvientas —respondió la emperatriz—. Tengan cuidado: este reino no descansará hasta hallar al culpable de tal masacre. El concilio se llenó de aplausos ante aquella promesa de justicia. Sin embargo, eran palabras vacías. El conde, consciente de la magnitud de su crimen, sabía que nadie encontraría al verdadero culpable. Además, la astuta emperatriz jamás movería un dedo por el asesinato de simples sirvientas. En el sentido aristocrático, las personas de bajo estatus no merecían la atención de la alcurnia, y menos aún de una soberana que despreciaba incluso a quienes sostenían el imperio con sus impuestos. El castillo se sentía frío sin la presencia de sus majestades. Las habitaciones vacías reforzaban la idea de que unificar los palacios sería lo más eficiente, una construcción sólida que había sido rechazada con firmeza por el heredero de la corona. Aun así, los feudos insistían. La estabilidad política se desbalanceaba a medida que el príncipe se ausentaba de su camino al trono. La división era evidente: algunos afirmaban con entusiasmo que el joven heredero no había realizado aún ninguna hazaña digna de la corona; otros sostenían que, por derecho sanguíneo, era el único príncipe, y que cualquier negativa sería considerada traición directa al imperio. Aunque la emperatriz decía amar a su hijo, en su corazón el amor propio siempre fue superior. —Lamento que la ausencia del príncipe heredero los haya puesto en tan desdichada situación —endulzó su voz—. Meditaré esto con sumo cuidado. Para cuando el sol nos ilumine, estén preparados para mi respuesta. Aquellas declaraciones afectaron profundamente a quienes apoyaban al heredero. Las iniquidades de la reina eran conocidas en todo el territorio, y esas palabras aseguraban un viaje largo y doloroso. En el frío bosque que habían llamado hogar, construido en apenas unos días, reinaban la tranquilidad y la plenitud. Los planes macabros del exterior aún no los alcanzaban. Solo existían el uno para el otro, descubriéndose a través de la piel y las emociones. Catherine se sentía plena. Había sido ella quien descubrió ese deseo por su esposo, y en ese presente podía evitar pensar en la deshonra provocada por su hermano. Allí solo estaban Thomas y ella, el hombre que la cuidaba y la amaba. «¿Cómo puede mi príncipe amarme si nunca antes me había conocido?», reflexionó. Aunque la duda surcaba su mente, su timidez era mayor. La luz que él le brindaba apagaba las sombras que su propia familia había sembrado en su corazón. La brisa era fría y los grillos sembraban temor, pero sentados sobre la tierra húmeda, rodeados de las plantaciones que ellos mismos habían creado, Catherine sentía un calor interno reconfortante. Observó a su esposo, cuyos ojos permanecían cerrados, como si meditara. Sus manos entrelazadas parecían suplicar que ese lazo jamás se rompiera. —Mi amada, ¿acaso deseas leer mi mente? —bromeó en un murmullo. —Sería imposible, mi príncipe —titubeó. —Entonces… ¿por qué me miras? —Estoy observando que a las plantas les falta agua —respondió nerviosa—. Además, ¿cómo sabe su excelencia que lo miro si tiene los ojos cerrados? Thomas se incorporó, tomando entre sus manos el suave rostro de Catherine. Ella no pudo apartar la mirada de sus ojos azules; sentía que su espíritu escapaba por sus labios. —Es imposible que no conozca nada de ti —susurró—. Cada vez que estoy cerca, mis pies flaquean, mis manos buscan tu piel y mi corazón al tuyo. Si mañana debo morir, lo haré feliz. No es el reino lo que me gratifica… eres tú, hoy y por toda la eternidad. Catherine se sintió indigna de aquel amor, pero por una vez deseó ser egoísta. Anheló compartir su vida con él, pese al asesinato de su madre. Pero todo instante, bueno o malo, es interrumpido. —¡Su majestad! —corrió Edward—. La reina desea verle antes de que amanezca. Aunque no habían hallado el refugio real, las sombras del príncipe informaron a los soldados leales. Thomas presentía una guerra política inminente, aunque no se arrepentía de haber sido feliz junto a su esposa. —Edward, cuida de la princesa. Que coma bien y no se separe de ti —ordenó—. Presiento que esto no será nada bueno. Ella lloró esa noche. Sabía que la emperatriz había movido sus piezas. Aquella mujer que había asesinado a su madre sin piedad. «Prometo que algún día te haré lo mismo», susurró entre lágrimas. En la oscuridad, una sonrisa macabra se dibujó en el rostro del ser que observaba. La risa escalofriante resonó como un eco antiguo. Vlad aún estaba presente. La villana emperatriz ya había movido sus piezas. Catherine lo sabía con una certeza amarga, clavada en el pecho. Aquella noble suprema había asesinado a su madre sin mostrar remordimiento alguno; desconocía el motivo oculto, pero jamás olvidaría la forma deshumanizada en que lo hizo. —Prometo que algún día te haré lo mismo —susurró entre lágrimas, aferrándose a las frías telas que aún conservaban el aroma de su esposo. Antes de rendirse por completo a las pesadillas, sintió una necesidad desesperada de impregnar su ser con el último rastro que Thomas había dejado entre sus ropas. Inhaló profundamente, como si aquel perfume pudiera protegerla. Luego, con su nombre escapando de sus labios —Thomas—, cayó en un sueño inquieto. Una sonrisa macabra se dibujó en el rostro del ser que la observaba desde las sombras. Le resultaba cómico su sufrimiento, pero aún más divertido le parecía el hecho de que, incluso después de haber masacrado a su harén, él continuara regresando a ella. La burlesca curva de sus labios se enderezó lentamente. Caminó hacia su lecho y levitó, quedando frente a frente con su cuerpo dormido. De sus dedos emergió una uña afilada. La clavó con precisión en un punto pequeño, aunque profundo. Una gota espesa de sangre resbaló por la pierna de Catherine. La lengua de Vlad no tardó en aparecer, degustando aquel sabor con un estremecimiento extático. El deseo ardió en su mirada, pero se contuvo. Aún no era el momento. Con un gesto sutil, depositó pesadillas en su descanso. De ese modo aliviaría, aunque fuera un poco, la ansiedad de aquello que planeaba cumplir. Abandonó el lugar riendo, una carcajada escalofriante que atravesó los bosques y pareció llegar hasta Rumania, recordándole al mundo que él aún existía. Entonces, el sueño se quebró. «¿Qué es esto?» Catherine se encontró rodeada de hogares de vidrio, tan altos como palacios. Las personas caminaban sin mirarse, con los ojos fijos en rectángulos luminosos que sostenían entre sus manos. Vio a una mujer sin rostro que la amenazaba con desvivirla. Una estrella gigantesca descendía del cielo, besando la tierra y los árboles. Y allí, entre la multitud, estaba Thomas… pero no estaba solo. A su lado había una mujer desconocida. —Ven a mí —susurró una voz. Despertó abruptamente. Su corazón palpitaba con violencia, y limpió el sudor frío que cubría su frente y su cuello con manos temblorosas. —Princesa, es hora de despertar —dijo Edward con suavidad, golpeando la puerta. El sonido le provocó un sobresalto aún mayor. Mientras se dirigía a la tina ya preparada, reflexionó sobre aquellos sueños. Había pensado tanto en Thomas que ahora lo veía, pero junto a otra dama. Y aquellas ciudades… jamás había visto algo semejante. Eran horroras, antinaturales, y le generaban un terror desmedido. Pese a las adversidades que desgarraban su alma, Catherine comprendía —aunque aún no del todo— que aquello solo eran pequeñas piedras anticipando su sendero. El retorno al frío palacio no era más que una prueba mínima de lo que le aguardaba. El verdadero camino de la villana apenas comenzaba. Y esta vez, no habría retorno.¡Hola, queridos lectores! Me presento, soy Daimé encantada de conocerles a través de las páginas de la novela. Espero que se encuentren sumamente bien. Quisiera tomar un momento para conectarme con ustedes y preguntarles cómo han estado viviendo este hermoso viaje que es el curso de la novela. Las palabras tienen un poder inmenso, y sé que cada trama y personaje pueden tocar nuestro corazón de maneras inesperadas. ¿Han encontrado en estas historias algo que resuene con sus propias vivencias? Cada página leída puede ser una ventana a nuevas emociones, y me encantaría saber cómo estas narrativas han inspirado sus reflexiones y sentimientos. Compartan conmigo sus momentos favoritos, sus descubrimientos más profundos y aquellas conexiones que les han hecho sonreír. Este viaje literario es aún más significativo cuando lo compartimos. ¡Gracias por ser parte de esta aventura!







