El jardín de invierno estaba sumido en un murmullo inquieto. Cientos de invitados, vestidos con sus mejores galas, se abanicaban con los programas de la boda, mirando sus relojes discretamente.
La orquesta de cuerdas había dejado de tocar hacía diez minutos, dejando un silencio incómodo que se mezclaba con el sonido de la lluvia golpeando el techo de cristal.
El altar, un arco de rosas blancas y orquídeas, permanecía vacío.
Brendan estaba de pie en la última fila, cerca de las puertas que cone