El pañuelo blanco en la mano de Thomas brillaba con una inocencia engañosa bajo la luz tenue del despacho. Pero el olor que emanaba —un dulzor químico, acre y penetrante— llenó el espacio entre ellos, borrando el aroma de las rosas y el perfume caro. Era el olor del olvido.
Chloe dejó de respirar por instinto. Su espalda estaba pegada al cristal frío del ventanal, atrapada entre la tormenta que rugía fuera y el huracán silencioso que tenía delante.
—No te acerques —advirtió ella. Su voz era un