AMELIA ALBERTI
La habitación estaba en penumbras.
Solo la luz suave de la lámpara junto a la cama iluminaba su rostro…
Y aun así, Paolo seguía viéndose hermoso.
Tenía los labios resecos, el cabello un poco alborotado y una expresión de agotamiento que me partía el alma… pero estaba vivo.
Vivo.
Mis dedos se deslizaron con cuidado por su frente, apartándole un mechón rebelde que caía sobre su ceja. Una sonrisa débil apareció en sus labios.
—¿Molesto? —susurré.
—No, tú jamás me molestarías amor —r