NOAH ALBERTI
La sala olía a sangre seca y desinfectante.
La luz blanca del hospital me irritaba los ojos, pero no me movía.
Estaba ahí, de pie. Observando a Mily sentada al lado de Paolo, como si su vida dependiera de no soltarle la mano. Paolo se había quedado dormido una vez más, los calmantes le habían hecho efecto, dormía, pero mi hermana no se movía de ahí.
—Amelia—dije en voz baja.
No se giró.
Ni pestañeó.
—Amelia… —repetí, más firme.
Esta vez sí alzó la vista.
Sus ojos estaban rojos,