ADELINE DE FILIPPI
Ocho meses.
Era increíble cómo el tiempo había volado. Mi pancita ya no era “pequeña”, ni mucho menos discreta. Ahora se notaba grande, redonda, y aunque a veces me costaba moverme con la misma ligereza de antes, me sentía hermosa… sobre todo porque cada vez que me miraba al espejo, recordaba que allí dentro latía nuestro milagro.
Lucien, sin embargo, parecía vivir cada día con la misión de convertirme en la mujer más cuidada del planeta.
—Amore… no te inclines tanto —me dijo