ADELINE DE FILIPPI
Ocho meses.
Era increíble cómo el tiempo había volado. Mi pancita ya no era “pequeña”, ni mucho menos discreta. Ahora se notaba grande, redonda, y aunque a veces me costaba moverme con la misma ligereza de antes, me sentía hermosa… sobre todo porque cada vez que me miraba al espejo, recordaba que allí dentro latía nuestro milagro.
Lucien, sin embargo, parecía vivir cada día con la misión de convertirme en la mujer más cuidada del planeta.
—Amore… no te inclines tanto —me dijo en cuanto me agaché para recoger un cojín caído.
Rodé los ojos y me enderecé despacio.
—Lucien, solo es un cojín.
Él llegó en dos zancadas y lo recogió antes de que yo pudiera decir algo más.
—Y yo estoy aquí para eso. Tú no tienes que esforzarte en nada.
—Estás exagerando… —murmuré, aunque por dentro sonreía.
No me dejó terminar porque se inclinó para besar mi frente, con esa seriedad con la que hacía todo.
—No, Addy. No es exageración. Es que llevo aquí en mi corazón a dos amores: a ti y a nu