SILVANO DE SANTIS
El consultorio estaba en silencio, salvo por el zumbido suave de la máquina de ultrasonido. Yo tenía la mano de Anny entre las mías, apretándola con firmeza mientras ella miraba la pantalla con los ojos muy abiertos. Su pancita apenas se notaba, pequeña todavía, pero para mí ya era lo más hermoso del mundo.
Bastien y Kate habían insistido en no dejarnos ir hasta que los bebés nacieran, tanto el de Addy como el nuestro, además de recomendarnos a la doctora Rivas, la misma docto