SILVANO DE SANTIS
La música llenaba el salón como un latido compartido. Había flores por todas partes, risas, brindis, y el aire cargado de esa magia que solo una boda puede tener. No una, sino dos: Paolo y Mily, Noah y Kiara. El destino había querido que las dos parejas sellaran su amor el mismo día, rodeados de toda la familia, al igual que lo hicimos Lucien y yo. Habían pasado dos meses, el pequeño Lucciano había heredado los ojos miel, perdí mi apuesta, yo creía que serían azules como Lucien, pero los genes de Filippi son fuertes.
Me sentía orgulloso, distinto a cualquier otra ocasión. Porque no solo estaba feliz por mis amigos y hermanos, sino porque me tocaba entregar a Kiara. Mi hermanita. La tomé del brazo con un nudo en la garganta y avancé por el pasillo. Ella estaba preciosa, radiante, y por un momento la vi como cuando era niña, corriendo tras de mí en el jardín.
—Eres hermosa, sorellina —le susurré, con la voz quebrada—. Y mereces todo lo que tienes hoy.
Ella sonrió entre