NOAH ALBERTI
El sol ni siquiera se había dignado a calentar la ciudad, y ya estaba entrando al departamento de Silvano.
No era costumbre nuestra hablar tanto.
Menos cuando el mundo ya nos tenía los nervios al límite.
Silvano estaba de pie, junto a la ventana.
Tomaba café como si fuera su única fuente de vida. Ni se giró al escucharme.
—¿Cómo está? —preguntó sin rodeos.
—Estable. Amelia se quedó a dormir con él —respondí, tirando mi mochila en el sofá.
—Lo supe. Los guardias informaron que no sa