ANNELISE DE FILIPI
El cuarto del hospital estaba en silencio después del torbellino. Mis mellizos dormían en cunas pequeñas a mi lado, envueltos en mantas celestes y rosadas. Tenían apenas unas horas de vida, pero ya eran mi mundo entero.
Silvano estaba sentado junto a mí, sin soltar mi mano ni por un instante. Sus ojos grises estaban rojos de la emoción, pero la sonrisa que llevaba era la de un hombre que acababa de tocar el cielo.
—Míralos, amore —susurró, inclinándose hacia las cunas—. Perfe