LUCIEN MORETTI
El hospital era un caos en mi cabeza. Todo se movía demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo. Médicos entrando y saliendo, máquinas pitando, la respiración agitada de Addy, y mi propio corazón golpeando tan fuerte que sentía que iba a romperme el pecho.
—¡Pónganle algo para el dolor! —grité, con la voz rota, cuando escuché su primer quejido fuerte.
Una enfermera trató de calmarme.
—Señor, estamos administrando lo necesario, pero el bebé ya viene, no tenemos tiempo.
La f