LUCIEN MORETTI
El hospital era un caos en mi cabeza. Todo se movía demasiado rápido y demasiado lento al mismo tiempo. Médicos entrando y saliendo, máquinas pitando, la respiración agitada de Addy, y mi propio corazón golpeando tan fuerte que sentía que iba a romperme el pecho.
—¡Pónganle algo para el dolor! —grité, con la voz rota, cuando escuché su primer quejido fuerte.
Una enfermera trató de calmarme.
—Señor, estamos administrando lo necesario, pero el bebé ya viene, no tenemos tiempo.
La frase me dejó helado. El bebé. Nuestro bebé.
Me incliné hacia Addy, que estaba recostada en la camilla, con el rostro perlado de sudor y los ojos cerrados con fuerza. Su mano apretaba la mía como un ancla, como si pudiera arrancármela, y aún así no solté ni un segundo.
—Amore… —susurré, pegando mi frente a la suya—. Estoy aquí. No me voy a mover.
Ella jadeaba, intentando respirar como le indicaba la doctora.
—Lucien… duele…
Sentí que se me partía el alma en mil pedazos.
—Ya lo sé, mi vida. Pero l