LUCIEN MORETTI
Estaba revisando unos papeles en el despacho cuando escuché unos golpes suaves en la puerta. El sonido fue tan contenido que apenas se distinguía, como si la persona al otro lado no quisiera molestar.
—Adelante —dije, dejando la pluma sobre la mesa.
La puerta se abrió despacio y apareció Silvano. Tenía ese gesto serio que lo caracterizaba, aunque sus ojos delataban algo distinto: estaba nervioso. Muy nervioso. Me sorprendió verlo así; pocas veces perdía la compostura.
—¿Tienes un