ADELINE DE FILIPPI
La tarde caía lenta en Italia, tiñendo el cielo con tonos anaranjados y rosados que se colaban por los ventanales. El comedor estaba despejado, aunque en la mesa aún quedaban migajas de un pastel de chocolate que se me había antojado un par de horas antes. Me pasé una mano por el vientre de manera inconsciente; ese gesto se estaba volviendo costumbre, como si ya buscara proteger lo que apenas empezaba a crecer en mí.
Lucien y yo nos acomodamos frente al portátil. A nuestro la