Luna
El beso aún ardía en mi boca. Su respiración golpeaba mi piel, caliente, pesada, como si cada exhalación fuera un pedazo del deseo que él había estado guardando. Sus manos no temblaban. Firmes. Seguras. Dueñas de cada centímetro mío que tocaban. Las mías, sí. Temblaban como vara verde, entregando lo que intentaba esconder.
Él pasó el pulgar por el borde de mi boca, despacio, como si aún sintiera mi sabor. Como si quisiera guardar aquello.
—¿Eres consciente de lo que me estás haciendo? —pre