La prostituta Y El CEO Obsesivo
La prostituta Y El CEO Obsesivo
Por: Luísa Faruk Gerente
1

Luna

Su mirada nunca miente. Cuando paso, se les cierra el rostro, comienzan los susurros, apresuran el paso. Algunas fingen no verme —desvían la mirada como si mirar a una mujer como yo fuera contagioso. Otras aprietan el paso y cuchichean al viento, y yo sé lo que dicen. Puta. Vagabunda. Vergüenza del barrio.

Ya no duele. Hace tiempo que dejó de doler.

No es ninguna novedad para nadie a lo que me dedico en la vida. Nunca me importó esconderlo, y no es ahora que voy a empezar a sentir vergüenza. Vergüenza es lo que deberían sentir ellos —los que señalan con el dedo con la boca sucia y el alma más sucia todavía.

Llegué a casa temprano hoy. Eso, por sí solo, ya era raro.

Margarita estaba sentada en el porche, los dedos arrugados bordando unos trapos viejos que ella insiste en arreglar desde que tengo uso de razón. El vestido floreado de ella, manchado de café, se mecía con el viento débil de la noche. Otra madrugada despierta esperando a que volviera.

—No deberías estar despierta, abuela —dije, tirando mi bolso en el sofá gastado.

—Y tú no deberías estar llegando a esta hora tampoco. Pero una hace lo que puede, ¿no? —respondió, sin quitar los ojos del bordado.

Sebastián estaba sentado en el sillón de paja, la televisión a todo volumen, como si todavía oyera algo. Los ojos fijos en la pantalla, la mandíbula caída, el pecho subiendo despacio. Durmiendo despierto.

Dejé el dinero de la semana encima de la nevera, como hacía cada martes y viernes desde que tengo memoria. Los billetes arrugados, sudados, sucios de una vida que nadie elige, pero que mantiene esta casa. Nadie preguntó nada. Tampoco, ¿para qué? Ellos saben. Pero también saben que sin ese dinero no habría medicamento para Sebastián, la leche para Margarita, la cuenta de la luz que siempre llega al límite.

—Se acabó el arroz —dijo Margarita, levantando la mirada—. Si puedes, trae mañana.

—Voy a traer, abuela. Puedes quedarte tranquila.

Ella asintió. Solo eso.

El abuelo ni siquiera miró atrás. Solo murmuró un "buenas noches" del rabillo de la boca, sin despegar los ojos de la novela repetida. El sonido rebotaba por las paredes finas de la casa, mezclado con el chirrido del ventilador viejo y el ladrido lejano de algún perro afuera.

Me quedo callada. Hago lo que hay que hacer.

Hay días que parece que todo aquí gira igual. Yo salgo, vuelvo, pago las cuentas, finjo que todo está bien. Y sigo siendo el tema favorito de los que no tienen el valor de vivir como quieren. Las mismas que me señalan con el dedo son las que mandan al marido a buscarme en el silencio de la noche. Las mismas que me llaman vagabunda en la calle son las que piden dinero prestado a fin de mes.

La hipocresía tiene olor. Huele a café recalentado y jabón en polvo barato. Y yo estoy harta de sentir ese olor todos los días.

El celular vibra en el bolsillo del short.

Tatiana: Cliente marcado. Ya voy.

Leí el mensaje dos veces. Ella no pierde el tiempo. Y yo tampoco. Pero hoy, no sé… estoy sin ganas. Debe ser cansancio. O solo uno de esos días en que todo parece demasiado pesado, como si el aire estuviera más denso y cada paso exigiera un esfuerzo descomunal. El tipo de día que una mira al techo y piensa ¿será que esto es todo?

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La mayoría solo me busca en secreto.

Hombres casados con anillo brillando en el dedo y la foto de la familia en el celular. Jóvenes curiosos que tiemblan más que vara verde la primera vez, las manos sudadas, la mirada perdida. Viejos verdes que pagan bien solo para tener a alguien que finja que todavía son jóvenes. Hay de todo en esta vida. De todo, de verdad.

Unos pagan bien —dinero en mano, antes de cualquier cosa, sin rodeos. Otros intentan estafar, hablada suave, promesas vacías, cuentos chinos para no pagar. Ya he tenido que bajarme del coche andando con miedo, saltar en marcha, correr con tacones por la calle oscura. Ya he llorado en silencio después de salir de una habitación, en el baño, con el maquillaje corrido y el alma hecha pedazos. Ya he tragado sapo por necesidad, sonreído a quien me daba asco, fingido placer cuando lo que quería era vomitar.

Pero también he subido a un coche sabiendo que iba a salir de ahí con el alquiler pagado, la despensa llena, el medicamento asegurado. Y eso es lo que mantiene mi cabeza en alto. Eso es lo que me hace levantarme de la cama en los días malos. No es orgullo. Es supervivencia.

Ellas me llaman de todo. Puta, vagabunda, vergüenza del barrio. Pero ninguna pone comida en mi casa. Ninguna fue conmigo a comprar el medicamento que mi abuelo necesita para el dolor de las articulaciones —él que llegó a los setenta sin haber quejado de nada y ahora apenas puede levantarse de la silla. Ninguna lavó la sábana de mi abuela cuando estaba enferma, en la madrugada, sin quejarse del olor, del cansancio, de la falta de sueño.

Así que pueden hablar. Su lengua no paga mis cuentas.

En el barrio, nadie es santo. El vecino que vende droga en la esquina, la mujer que hace apuestas ilegales, el tipo que desvía mercancía del camión. Cada uno tiene su pecado escondido. Yo solo no escondo el mío.

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