Diablo
La sala de reuniones de la empresa tenía ese ambiente sofocante, incluso con el aire acondicionado al máximo. Olor a cigarro en el aire —Fiera fumaba a pesar de saber que no me gustaba—, celular vibrando en la mesa de centro, y Fiera sentado de lado, rayando la madera del apoyabrazos con la llave del coche. Yo solo observaba, fumando callado, atento al movimiento de la calle allá afuera, a través de las ventanas de vidrio blindado.
—¿Y entonces, no vas a hablar? —preguntó Fiera.
—¿Hablar