La propuesta del Ceo

La propuesta del CeoES

Romance
Última actualización: 2023-03-07
Blanca Rios  En proceso
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8.6
7 Reseñas
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23.4Kleídos
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Resumen
Índice

Para Bianca Spencer, superar la humillante verdad de su prometido al dejarla plantada en el altar por amar a otro mujer, es algo imposible de lograr porque todos la ven con lástima, sin empleo y sin poder continuar sus estudios tuvo que buscar un empleo para ayudar a su madre pero un accidente la hizo volver a encontrar al hombre que días atrás la llamó mendiga, Haciéndole una propuesta que la llevaría al principio de sus problemas ya que hará que el sensual y cruel magnate, se de cuenta que la chica a la que una vez llamó mendiga puede que también puede tener sentimientos pero ¿podrá Bianca ser correspondida sin salir lastimada nuevamente?

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Capítulo 1

CAPITULO 1

El velo de novia, una nube de encaje que alguna vez simbolizó la promesa de una vida eterna, ahora yacía en el fondo de un baúl, acumulando el polvo del olvido y la traición. Para Bianca, el tiempo se había detenido hacía un mes, justo en el instante en que el hombre que juraba amarla le confesó, con una frialdad que aún le calaba los huesos, que no se casaría con ella. No solo la dejaba plantada en el altar, frente a los ojos curiosos y lastimeros de sus invitados, sino que lo hacía por el más humillante de los motivos: se había enamorado de su vecina.

Aquel rechazo no solo rompió su corazón, sino que desmoronó su estructura de vida. Por amor —o por lo que ella creía que era amor—, Bianca había cometido el error de abandonar sus estudios universitarios y su beca, convencida por las palabras manipuladoras de su prometido, quien le aseguraba que bajo su protección ella "no necesitaba esforzarse tanto". Ahora, sin título, sin prometido y con el alma hecha jirones, Bianca se encontraba deambulando por las calles de una ciudad que parecía disfrutar de su desgracia.

Cada mañana, la joven salía de la modesta casa de su madre con la esperanza de recuperar su independencia. Sin embargo, el mercado laboral era una jungla despiadada. En las empresas grandes, la rechazaban por no haber terminado su carrera; en los negocios pequeños, su falta de experiencia la condenaba al olvido.

El día de hoy había sido, por mucho, el más detestable de todos. El cielo plomizo amenazaba con una lluvia que nunca terminaba de caer, igual que sus lágrimas. Al salir de una entrevista fallida en un edificio corporativo, sus pensamientos estaban en otra parte. Llevaba en la mano los últimos billetes que le quedaban, el cambio de un café que había comprado para engañar al hambre. Fue entonces cuando un hombre de traje impecable y porte arrogante salió a toda prisa del edificio. El impacto fue inevitable.

El choque hizo que Bianca perdiera el equilibrio y el poco dinero que sostenía saliera volando, cayendo en una alcantarilla cercana. Ella, con la respiración entrecortada, levantó la vista esperando una mano amiga o una disculpa. El hombre se detuvo un segundo, pero en lugar de remordimiento, sus ojos destilaron un desprecio visceral.

—¡Fíjate por donde vas, mendiga! ¡Ve a pedir a otra parte, que estorbas! —le gritó, antes de subir a su lujoso auto y arrancar dejando una estela de humo y humillación.

Bianca regresó a casa con las rodillas temblando y el eco de esa palabra, "mendiga", retumbando en su cabeza.

—¿Cariño, no vas a comer? —La voz de su madre la sacó bruscamente de sus recuerdos.

Bianca parpadeó, regresando a la realidad de su pequeña cocina. El plato de sopa frente a ella humeaba, pero el aroma, que normalmente le resultaría reconfortante, le revolvió el estómago de forma violenta.

—¿Estás segura de que no pasó nada malo? —insistió su madre, observando la palidez cadavérica de su hija.

Bianca forzó una sonrisa triste, una máscara que ya se estaba volviendo habitual. —Estoy bien. Solo me siento cansada —murmuró.

Sin embargo, el cuerpo no sabe mentir. De la nada, una oleada de náuseas la golpeó con la fuerza de un rayo. Sin poder contenerse más, se levantó de la mesa y corrió hacia el baño. Su madre, con el corazón encogido por la angustia, la siguió de cerca. Escuchó los sonidos del malestar de su hija y, cuando el silencio regresó, se atrevió a dar un paso al frente.

—Bianca... —la voz de la mujer temblaba—. No estarás embarazada... ¿verdad?

Bianca se puso de pie con dificultad. Abrió el grifo y dejó que el agua fría lavara su rostro y el sabor amargo de su boca. Evitó mirar a su madre directamente, fijando sus ojos en su propio reflejo en el espejo. La pregunta le dolió más que cualquier insulto, porque en el fondo de su mente, el mismo temor llevaba días germinando.

—No —respondió con una firmeza que pretendía convencerse a sí misma—. Solo estoy así por todas las desgracias que me han pasado. ¿Crees que es fácil? El hombre que amaba me abandonó e hizo que renunciara a todo por él. Mis estudios, mi futuro... todo se fue a la basura.

Molesta y dolida, lanzó la toalla sobre el inodoro con un gesto de desesperación pura. —Luego me deja plantada el día de nuestra boda diciendo que ama a nuestra vecina. No es un embarazo, mamá, es el peso de mi propia estupidez.

—Sé que no es fácil, hija... —susurró su madre, intentando acercarse.

—Me iré a mi habitación —cortó Bianca, sintiendo que las paredes se le encimaban—. Te prometo que estaré bien. Tal vez mañana encuentre empleo de mesera. He visto un anuncio cerca del centro.

Su madre aceptó la respuesta, queriendo creer por su propia paz mental que solo era estrés. Pero una vez sola en la oscuridad de su cuarto, Bianca se derrumbó. Se abrazó a sus rodillas, llorando en silencio. No quería aquel embarazo. No quería que el fruto de un amor que resultó ser una mentira creciera dentro de ella, convirtiéndose en un recordatorio viviente de su fracaso y de las noches de tormento que aún la perseguían.

A la mañana siguiente, el sol brillaba con una ironía cruel. Bianca se vistió con lo mejor que tenía y se dirigió al restaurante. Al ver el cartel de "Se busca mesera", soltó un suspiro de alivio.

—Bien —murmuró para sí misma—. Por favor, Dios, no me abandones ahora. Es mi última oportunidad.

Cerró los ojos por un segundo e inhaló profundo, llenando sus pulmones de un valor que no sentía. Entró, hizo la entrevista y, para su sorpresa, fue contratada de inmediato. Comenzaría ese mismo turno de noche. Al salir del local, la adrenalina y la emoción de haber conseguido algo por fin la cegaron. Por primera vez en semanas, había una chispa de luz en su camino.

Caminó hacia el paso peatonal, absorta en sus pensamientos sobre cómo le daría la noticia a su madre. Estaba tan emocionada que no se percató de que el semáforo para peatones había cambiado a rojo. Cruzó la calle con paso firme, sin mirar a los lados.

De repente, un claxon ensordecedor rompió la calma de la tarde. Bianca volteó la cabeza y vio dos faros acercándose rápidamente hacia ella. Todo pasó en un segundo. El chirrido de las llantas contra el asfalto fue seguido por un impacto seco que la lanzó por los aires como si fuera una muñeca de trapo.

El golpe contra el pavimento la dejó inconsciente al instante. Mientras el mundo se desvanecía a su alrededor, una mancha carmesí comenzó a brotar de su nariz y, con una crueldad poética, un hilo de sangre comenzó a extenderse entre sus piernas, marcando el fin de un secreto que apenas comenzaba a aceptar.

Minutos después, en la sala de espera del hospital, un hombre caminaba de un lado a otro con el rostro desencajado. Era Eros, el mismo empresario prepotente que la había humillado el día anterior. Iba tan sumergido en sus problemas legales y financieros que no vio a la chica cruzar. Al reconocer su rostro sobre la camilla mientras los paramédicos la ingresaban, el pánico lo invadió.

—¡Mierda! —exclamó Eros, golpeando la pared con frustración. Estaba en el hospital donde atendían a la chica que acababa de atropellar—. ¡De un problema a otro, no puede ser!

Se quedó mirando las puertas de emergencias, debatiéndose entre su escasa conciencia y su instinto de preservación. Miró a su alrededor; la calle había estado casi vacía, el sol le había dado de frente.

“Nadie vio nada, nadie me vio, así que no hay problema”, se repitió a sí mismo, intentando convencerse de que su vida podía seguir como si nada hubiera pasado.

Eros permanecía en el pasillo del hospital, el olor a desinfectante le irritaba los sentidos tanto como la culpa que intentaba sofocar. Caminaba de un lado a otro, con los puños hundidos en los bolsillos de su pantalón de sastre. Quería asegurarse de no haberla matado, o de lo contrario sufriría muchas consecuencias que se le saldrían de las manos; su apellido y su imperio no soportarían un escándalo de homicidio imprudencial. Pero estaba seguro de que estaba viva, ya que frenó, aunque lo hizo muy tarde. El impacto fue seco, pero no definitivo.

Cuando vio aparecer a una enfermera con un expediente en la mano, se acercó con una urgencia que rayaba en lo agresivo.

—¿Alguna novedad de la mujer que entró hace una hora? —preguntó, tratando de mantener su voz en un tono neutro.

La enfermera lo miró de arriba abajo, evaluando su reloj de lujo y su expresión tensa. —¿Es pariente de ella?

—Algo así —respondió Eros, evadiendo la verdad con la maestría de quien vive de las apariencias—. ¿Está viva?

—Sí —la mujer suspiró, suavizando su expresión—, pero al parecer estaba embarazada y perdió al bebé… lo sentimos mucho.

“Debe de ser una maldita broma”, pensó Eros, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. No por dolor, sino por la complicación legal y moral que esto representaba. Ni siquiera prestaba atención a lo que la enfermera decía sobre los cuidados postoperatorios; Eros la interrumpió preguntándole si podía entrar a verla. Ella le dijo que debía decirle con exactitud qué parentesco tenía con Bianca para saltarse el protocolo de visitas. Bajo presión, Eros mintió con una naturalidad aterradora al decir que apenas empezaban a salir, que eran una pareja reciente.

—No se preocupe —dijo la enfermera con tono consolador—, ella se recuperará con el tiempo y podrá salir embarazada otra vez. Son jóvenes.

Eros asintió en silencio. Entendió sus palabras de aliento, procesando que su mentira le había otorgado un papel que no quería, pero que necesitaba para controlar la situación.

Cuando la vio en la camilla, una punzada de auténtica culpa lo atravesó. Perder un hijo era algo irreversible, y aunque él no conocía a esa mujer, sabía que por su imprudencia ese futuro se había esfumado. Al entrar, notó que tenía la cabeza vendada y el rostro pálido, pero para su sorpresa, sus ojos estaban abiertos, fijos en el techo. “Es fuerte”, admitió para sus adentros.

—¿Tú? —La voz de Bianca sonó quebrada, pero cargada de un veneno inmediato. Eros se sintió confundido y pensó frenéticamente en si ella lo había visto antes del impacto. —¿Acaso vienes a llamarme mendiga otra vez?

“¿Mendiga?”, repitió él en su mente. Entonces, el recuerdo encajó. Ella era la mujer con la que había chocado el día anterior. Eros recordó a la chica que parecía una mendiga; aquel incidente había estropeado su traje con salsa de lo que llevaba en sus manos y por eso tuvo que retrasar su reunión con los clientes nuevos, un retraso que lo hizo quedar como un hombre impuntual y arrogante frente a sus socios.

—Seguramente vienes a burlarte de mí, largo —escupió ella, girando el rostro con amargura.

Para Eros, el hecho de que ella no supiera que él era quien la había atropellado le favorecía enormemente. El destino le estaba dando una salida limpia. Se sintió más tranquilo y ajustó su postura, adoptando un aire de falsa benevolencia.

—No seas malagradecida —dijo, suavizando el tono—. Si estoy aquí es porque te recordé cuando te vi mientras iba de salida y me sentí un poco mal por la forma en que te traté ese día.

Bianca se sorprendió por sus palabras y lo miró con desconfianza. Eros continuó, tejiendo su red: —Así que quería darte una oportunidad para presentarte a una entrevista de trabajo cuando te sientas mejor.

—¿En serio? —Los ojos de Bianca se iluminaron débilmente. El hambre y la desesperación eran más fuertes que el orgullo. Observó al hombre que tenía a un metro de su camilla; no esperaba que un tipo tan arrogante tuviera un lado amable.

—Te dejaré mi tarjeta. Cuando te sientas mejor, llámame y te haré la entrevista personalmente. Solo… —hizo una pausa, recorriendo con la mirada su aspecto demacrado— trata de verte más… decente.

La pequeña sonrisa de esperanza de Bianca se desvaneció ante el insulto velado, pero la de Eros seguía siendo impecable y seductora, la sonrisa de un tiburón que ha encontrado una presa útil.

Al salir del hospital y subirse a su auto, la paranoia lo invadió. Lo primero que hizo fue llamar a su asistente para que gestionaran el cambio de color del vehículo en un taller privado; no podía dejar cabos sueltos. Al llegar a su lujosa residencia, el silencio que esperaba fue interrumpido por la visión de un abrigo conocido en el perchero.

—Así que me vas a seguir a todas partes —dijo con hastío al ver a su padre en la estancia. Notó que sostenía un sobre elegante—. Supongo que es una invitación.

—Melisa se casa en el verano —anunció el hombre con severidad.

—Que bien por ella —murmuró Eros sin importancia, sirviéndose un trago—. Lo que sorprende es que los haya invitado a ustedes después del desastre que fue nuestra ruptura.

—En realidad, esta es para ti —su padre hizo un gesto de desagrado—. Escucha, te dimos una oportunidad de hacer tu vida con ella, pero tu decisión de romper el compromiso nos dejó en una posición vulnerable frente a los socios. Necesitamos estabilidad, Eros. Necesitas un heredero si quieres mantener tu puesto en el consejo.

—No te metas en mi vida o me olvidaré de que eres mi padre —sentenció Eros con los ojos encendidos—. Además, tú no eres quién para darme lecciones de vida, así que… te pido que salgas de mi casa y me dejes descansar, que hoy no estoy de humor.

Mientras Eros lidiaba con sus demonios familiares, en el hospital, la atmósfera era distinta. La emoción de Bianca era notoria; a pesar del dolor físico, sentía que finalmente la suerte le sonreía. Cuando su madre llegó al hospital, Bianca sonrió para tranquilizarla, pero la mujer no hacía más que angustiarse al ver los monitores y las vendas.

—Estoy bien —murmuró Bianca tomando su mano.

—¿Cómo me pides eso? Estás llena de heridas por un mugroso empleo —la madre de Bianca se dio cuenta de que su hija miraba con fijeza una tarjeta dorada—. ¿Qué es eso?

Bianca le explicó el encuentro en la calle y la inesperada visita del empresario. Su madre tomó la tarjeta momentáneamente, leyendo el nombre: Eros Ainsworth.

—Creo que era mi destino estar aquí, mamá. Ya ves, él se disculpó conmigo y dijo que me atendería personalmente. Es algo bueno, ¿no crees?

—¿Estás segura de que fue por eso? —preguntó la madre, cuyo instinto le decía que los hombres como él no regalaban nada.

—¿Por qué más sería? Seguramente vino a ver a alguien más y me vio de salida. —Bianca sonrió emocionada porque, en su mente, ahora tenía un empleo asegurado—. Y yo que creía que era un cretino.

Su madre sonrió y besó su frente; al final del día, lo único que le importaba era saber que su hija estaba viva. Al pasar una semana, Bianca, impulsada por la necesidad, llamó al número de la tarjeta. Tras una breve conversación con una secretaria, Eros aceptó verla esa misma tarde. Ella se preparó con esmero, usando su mejor ropa y cubriendo las marcas del accidente con maquillaje para causar una buena impresión.

Nunca le dijo nada a su madre sobre el bebé que perdió. El médico, tras las súplicas de Bianca, accedió a guardar el secreto en el informe verbal a la familia. Ella no quería cargar a su madre con más dolor, ni admitir que el vínculo final con su ex prometido se había roto de forma tan trágica.

—Por favor, no te distraigas al cruzar los peatones —le advirtió su madre al verla salir.

—Te lo prometo.

Tras un viaje en taxi que consumió sus últimos ahorros, Bianca se encontró frente al imponente imperio de la familia Ainsworth. El edificio de cristal parecía tocar el cielo. Le entregaron una credencial de visita y la escoltaron hasta el último piso. Al entrar en la oficina presidencial, el aire se le escapó de los pulmones. El lugar era más un santuario que un despacho, con un jardín privado que desafiaba la estructura del rascacielos. Eros estaba allí, frente al ventanal, observando la ciudad como si fuera su tablero de ajedrez.

—Señor… —susurró ella.

Él levantó su mano, indicándole que se acercara sin siquiera mirarla. La secretaria salió de la oficina en silencio, cerrando las pesadas puertas de madera. Bianca se sentía pequeña, intimidada por la mirada intensa y depredadora del hombre que, al girarse, la recorrió de pies a cabeza con una frialdad que la dejó helada.

—Iré al grano —dijo tajante, rompiendo el silencio—. No hay vacantes en esta empresa para ti.

—¿Cómo? —La emoción de Bianca se desvaneció en un segundo, reemplazada por un nudo en la garganta—. ¿Pero me dijo que…?

—Te dije que te haría una entrevista y que te atendería personalmente, no que te daría un empleo. No tienes los estudios, ni el perfil, ni la clase para trabajar en Ainsworth Corp.

Bianca se sintió aún más humillada que el día del choque. Se había burlado de ella, haciéndola gastar su dinero y su esperanza en vano. Estaba a punto de darse la vuelta para salir y no volver jamás, cuando la voz de Eros la detuvo, cargada de una intención oscura.

—Pero tengo una propuesta para ti, una que te asegura tus estudios pagados totalmente y una vida cómoda hasta que te gradúes de la universidad.

Bianca lo miró, debatiéndose entre su dignidad y su supervivencia. “No tengo nada que perder”, pensó, ignorando el escalofrío que le recorrió la espalda.

—¿Qué propuesta? —preguntó con la voz temblorosa.

Eros se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, y sentenció con una voz carente de toda emoción:

—Dame un hijo.

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deisy jaramillo
esta muy buena cada cuanto suben capítulos
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2
70 chapters
CAPITULO 1
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CAPITULO 3
CAPITULO 4
CAPITULO 5
CAPITULO 6
CAPITULO 7
CAPITULO 8
CAPITULO 9
CAPITULO 10
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