CAPITULO 2

—¿Se ha vuelto loco? —La voz de Bianca salió como un látigo, cargada de una indignación que le quemaba la garganta.

Sus ojos, que hace un momento buscaban una oportunidad laboral, ahora ardían de furia. Se levantó de su lugar con movimientos bruscos, sintiendo que el aire de la oficina de Eros Ainsworth estaba contaminado. Para ella era evidente que aquel hombre solo se estaba burlando de su situación; primero la humilló en la calle, luego la engañó con una falsa promesa de empleo y ahora le proponía algo tan aberrante como vender su cuerpo para engendrar un heredero. Se sintió tan humillada que hizo todo lo que pudo para no romper en llanto frente a él, manteniendo la barbilla en alto por puro instinto de supervivencia. Pero, al darle la espalda y caminar hacia la salida, sintió que las lágrimas amenazaban con salir, nublándole la vista.

—Piensa en mi propuesta —la voz de Eros la alcanzó justo antes de que tocara el pomo de la puerta—. Solo te he dicho una parte. Si aceptas, puedo decirte el resto cuando me llames.

Eros se acercó a ella con pasos lentos y seguros. Se detuvo a centímetros, lo suficiente para que ella pudiera oler su perfume costoso, y le sonrió forzosamente, una expresión que no llegaba a sus ojos gélidos.

—Buenas noches, Bianca.

Ella no respondió. Salió de la torre de cristal sintiéndose sucia y pequeña. El trayecto de regreso a su modesto barrio fue un borrón de luces y sombras. Al llegar a su casa, su madre la recibió con los brazos abiertos y una mirada llena de angustia contenida. Al ver a su hija, la mujer se sintió aliviada de que hubiera llegado a salvo; "las noches no son seguras", eso es lo que ella siempre decía, especialmente en una ciudad que devoraba a los incautos. Le preguntó con entusiasmo cómo le había ido en la oficina del gran empresario, pero Bianca esquivó su mirada. Se encontraba triste y decepcionada, y simplemente no tenía el valor de confesarle a su madre que el hombre que creían su salvador era en realidad un monstruo que quería comprar su vientre.

—No es… lo que yo esperaba —mintió Bianca, con la voz apagada—, así que rechacé lo que me ofrecía. No era un empleo digno, mamá.

Su madre, aunque notó el dolor en sus ojos, no quería presionarla. Sabía que Bianca había pasado por demasiado en el último mes. Le acarició el cabello y le dijo que ella sabría si la decisión era la correcta, que el dinero vendría de alguna otra parte. Esa noche, Bianca comió poco, apenas forzando unas cucharadas de sopa, y se fue a dormir temprano. Al buscar su celular en su cartera para poner la alarma, encontró la tarjeta dorada que Eros le había dado en el hospital. Frunció el ceño con asco y la dejó caer al suelo, como si el papel quemara.

Sin embargo, las palabras de Eros seguían flotando en la oscuridad de su cuarto: “Piensa en mi propuesta...”.

Bianca cerró los ojos, pero su mente tenía grabada su imagen. A pesar de su odio, no podía negar que él era extremadamente apuesto, un detalle que el dolor y el caos no le habían dejado notar en sus encuentros anteriores. "¿Un hijo suyo?", se preguntó en un susurro. Por un momento, la parte más pragmática y golpeada de su mente pensó que la propuesta no sería tan mala. No se preocuparía más por los gastos médicos de su madre, ni por las deudas que se acumulaban, ni por el hambre. Él se encargaría de todo. Pero entonces, el miedo la golpeó: "¿Qué pasará después de que dé a luz? Me quitará a mi hijo".

Pensar en un bebé le hacía recordarse a sí misma que ya antes había perdido uno en aquel accidente provocado por un desconocido, y sentía que no soportaría que le arrebataran otro. Eros le estaba pidiendo que alquilase su vientre como si fuera una máquina, y Bianca era una chica que amaba y se enamoraba de cada detalle de su vida; no sabía si podría entregar a un ser humano y seguir viviendo.

Sumergida en esos pensamientos tortuosos, no se percató del estruendo seco que se escuchó de repente en la cocina. El sonido de platos rompiéndose fue seguido por un silencio sepulcral que la hizo saltar de la cama. Solo reaccionó cuando escuchó el grito ahogado de su madre.

—¡¡Mamá!! —gritó Bianca, saliendo corriendo de la habitación.

Se paralizó al llegar a la cocina. Su madre estaba tendida en el suelo, inconsciente, con el rostro pálido y los labios azulados. El miedo la inmovilizó por un segundo que pareció una eternidad. Llamó a su madre repetidas veces, sacudiéndola, pero ella no reaccionaba. Los vecinos, alertados por los gritos, llamaron a la ambulancia. Debido a la gravedad, la llevaron al hospital más cercano, que resultó ser una clínica privada de alta complejidad. Cuando Bianca se dio cuenta de eso, ya era tarde; su madre estaba siendo atendida de urgencia. Los médicos le informaron que había sufrido un paro cardíaco masivo y que había sido una suerte que ella estuviera cerca para pedir ayuda.

—Necesitará una cirugía y cuidados intensivos —dijo el doctor con frialdad—. Es costoso, señorita.

Sintiéndose acorralada por las dificultades de la vida y el peso de una deuda que jamás podría pagar, Bianca se sentó junto a la cama de la unidad de cuidados intensivos. Mientras tomaba la mano de su madre dormida, fría y frágil, pensó que no tenía más opción que aceptar la propuesta de Eros. Haría lo que fuera para salvar a la única persona que la amaba de verdad, incluso si eso significaba darle un hijo a él y a su esposa.

—Bianca…

Ella se sobresaltó y se limpió las lágrimas de inmediato al ver a una figura conocida en la puerta de la habitación. No era Eros, sino Víctor, el hombre que la había destruido en el altar. La rabia sustituyó al dolor en un instante. Se levantó de su lugar, preguntándole con odio qué hacía allí. Él, con una expresión de fingida pesadumbre, respondió que supo lo de su madre por un conocido común y que quería saber cómo estaba.

—¿Desde cuándo te importamos tanto? —escupió ella.

—Sé que me odias por lo que te hice, pero…

Bianca levantó su mano, sintiéndose mareada de repente. Los mareos por no haber comido bien y el estrés extremo la estaban torturando. Le pidió que se fuera y la dejara sola, pero Víctor, al verla tan pálida y vulnerable, no se movió. Su mirada bajó instintivamente hacia su vientre y una chispa de sospecha cruzó sus ojos. Se preocupó de que, a pesar de su abandono, ella estuviera embarazada de él. Fue directo hacia ella y le preguntó sin rodeos:

—¿Estás embarazada, Bianca?

La pregunta la dejó paralizada, con el corazón martilleando contra sus costillas en medio de la habitación de hospital.

Dentro de la habitación del hospital, el aire se sentía cargado de una tensión eléctrica. Bianca, a pesar de la debilidad que sentía por la falta de alimento y el impacto emocional de ver a su madre en una cama de cuidados intensivos, sacó fuerzas de lo más profundo de su orgullo herido. Víctor, el hombre que le había arrebatado su futuro, la miraba con una mezcla de sospecha y una falsa compasión que la ponía enferma.

—¿Estás embarazada, Bianca? —repitió él, dando un paso hacia ella.

Bianca sintió que la bilis subía por su garganta. Se enderezó, ignorando el leve mareo que amenazaba con hacerla caer.

—¿Y si lo estuviera, qué? No es tu problema —respondió ella, con la voz gélida.

—Por supuesto que lo es —replicó Víctor, con esa arrogancia que Bianca antes confundía con seguridad—. Porque significa que es mío y tengo derechos...

—No me hagas reír —lo interrumpió ella con un sarcasmo punzante que lo dejó mudo por un segundo—. Tú y yo jamás compartiríamos algo, ni siquiera un hijo. Y sabes qué, favor que me has hecho al irte con esa lagartona traicionera de nuestra vecina, porque me abriste el camino para conocer a alguien más. Alguien que sí sabe lo que vale una mujer.

Víctor se quedó incrédulo. Sus ojos recorrieron el rostro de Bianca buscando una grieta en su mentira. Él estaba convencido de que ella seguiría llorando por los rincones, devastada por su partida; después de todo, ella siempre lo había amado con una devoción casi ciega y nunca había demostrado interés por nadie más.

—No te creo —dijo él, cruzándose de brazos—. Estás inventando esto para herirme. No hay nadie más.

—Te aseguro que lo hay —insistió Bianca, aunque por dentro sus nervios estaban a punto de traicionarla.

—¿Ah, sí? ¿Y quién es si se puede saber? ¿Algún vecino o un muerto de hambre de la escuela?

Bianca dudó. Su mente trabajó a mil por hora. Necesitaba un nombre, un escudo, algo que destruyera la suficiencia de Víctor. Recordó la tarjeta dorada que ahora guardaba en su bolso como un amuleto maldito.

—No lo conoces —dijo, tratando de sonar misteriosa mientras el sudor frío le recorría la espalda.

Víctor soltó una carcajada seca, llena de burla. —¿Ves? No tienes a nadie. Solo lo dices por el odio que me tienes. Admítelo, Bianca, sigues sola y sin un centavo.

—¿Quieres un nombre? Bien —sentenció ella, clavándole la mirada—. Eros Ainsworth.

El efecto fue inmediato. La risa de Víctor se extinguió como una llama bajo el agua. El color abandonó su rostro y sus hombros se tensaron. Bianca ladeó una sonrisa al ver su rostro desencajado; por un momento, saboreó la victoria. Pero su felicidad no duró mucho.

—¿Eros Ainsworth? —Víctor comenzó a reírse de nuevo, pero esta vez era una risa histérica—. ¿Hablas del dueño de Live Art y heredero de la compañía Sworth? ¿El hombre más rico y despiadado de la ciudad?

Bianca asintió con la cabeza, manteniendo la farsa. Víctor se dobló de la risa en medio del pasillo del hospital.

—¿Qué es lo que te causa tanta risa? —preguntó ella, sintiendo cómo la ira reemplazaba al miedo.

—Sabes… solo venía a decirte que si necesitabas apoyo económico podías contar conmigo y con Rubí, para que no te faltara nada en tu desgracia —dijo Víctor, limpiándose una lágrima de risa—. Pero creo que mejor me voy. Escucharles decir locuras es suficiente para que entienda que, en verdad, tomé la mejor decisión al dejarte por alguien que sí está cuerda. Un hombre como Ainsworth no miraría a alguien como tú ni para pedirle la hora. Adiós, Bianca. Que te sea leve tu delirio.

Verlo alejarse, burlándose de su miseria y tratándola de loca, fue el detonante final. El orgullo de Bianca, tantas veces pisoteado, se transformó en una determinación fría y peligrosa. Sin pensar en las consecuencias, sacó su celular y marcó el número de la tarjeta dorada.

—Acepto —dijo en cuanto Eros respondió—. Acepto su propuesta.

Al día siguiente, Bianca regresó a la imponente oficina de cristal. Eros se encontraba esperándola, sentado tras su escritorio de obsidiana. La tomó por sorpresa lo rápido que lo llamó, ya que después de la reacción de indignación que vio en ella días atrás, pensó que no regresaría jamás.

Cuando la vio entrar, la invitó a sentarse con un gesto elegante. Al tenerla más cerca, bajo la luz cruda del ventanal, notó que tenía más ojeras que la noche anterior y que había llorado hasta el agotamiento.

—Pensé que no volvería a verte —Eros ladeó una sonrisa, una expresión que era mitad triunfo y mitad curiosidad—. Si estás aquí, supongo que es porque aceptas.

—¿Cuáles son sus términos? —dijo Bianca sin rodeos, con la voz endurecida—. Porque no voy a aceptar nada que me parezca injusto o que atente contra mi madre.

Eros se rió por un instante, un sonido breve que no llegó a sus ojos. Deslizó una hoja de papel en blanco y un bolígrafo sobre la mesa. —Escribe tus términos primero. Luego yo te diré los míos.

Bianca tomó el bolígrafo. Sus manos temblaban ligeramente, pero escribió con decisión. Al terminar, le devolvió la hoja. Eros comenzó a leerla en silencio, y Bianca notó una pequeña risa burlona escapando de sus labios, lo que la llenó de una profunda preocupación.

—Así que quieres formar parte de la vida del bebé —leyó Eros en voz alta—. Quieres que pague la hospitalización y el tratamiento completo de tu madre. Y pones como condición que "no debo tocarte".

—Tal vez a su esposa no le agrade —intervino Bianca, tratando de sonar profesional—, pero es mi condición. Quiero poder ver al niño de vez en cuando y que mi madre esté a salvo.

—Escucha —Eros borró su sonrisa y le entregó un contrato grueso, ya redactado, donde estaban sus condiciones reales—. Acepto tus condiciones sobre tu madre, pero hay cosas que no entiendes. Aquí están mis términos. Espero que firmes y aceptes todo sin dramas.

Bianca miró el documento. Eran páginas y páginas de cláusulas legales, letras pequeñas que hablaban de confidencialidad, de la entrega del infante y de la renuncia a cualquier vínculo futuro. Sin embargo, en su mente solo veía el monitor cardíaco de su madre y la risa burlona de Víctor.

Eros se quedó inmóvil, observándola con una mezcla de shock y fascinación, cuando ella tomó el bolígrafo y firmó la última página con un trazo rápido y firme, sin siquiera detenerse a leer una sola línea del contrato.

“Es en serio”, pensó Eros, dándose cuenta de que acababa de comprar no solo un vientre, sino a una mujer que ya no tenía nada más que perder.

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