El velo de novia, una nube de encaje que alguna vez simbolizó la promesa de una vida eterna, ahora yacía en el fondo de un baúl, acumulando el polvo del olvido y la traición. Para Bianca, el tiempo se había detenido hacía un mes, justo en el instante en que el hombre que juraba amarla le confesó, con una frialdad que aún le calaba los huesos, que no se casaría con ella. No solo la dejaba plantada en el altar, frente a los ojos curiosos y lastimeros de sus invitados, sino que lo hacía por el más humillante de los motivos: se había enamorado de su vecina.Aquel rechazo no solo rompió su corazón, sino que desmoronó su estructura de vida. Por amor —o por lo que ella creía que era amor—, Bianca había cometido el error de abandonar sus estudios universitarios y su beca, convencida por las palabras manipuladoras de su prometido, quien le aseguraba que bajo su protección ella "no necesitaba esforzarse tanto". Ahora, sin título, sin prometido y con el alma hecha jirones, Bianca se encontraba de
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