—¡Hijo! —La voz de la mujer resonó en el vestíbulo con una autoridad que solo los años de opulencia podían otorgar. Se lanzó hacia Eros y lo abrazó efusivamente, ignorando la rigidez del cuerpo de su hijo—. No sabes cuánto te extrañé, querido. Ha sido un año eterno.
Eros se separó suavemente, tratando de recomponer su compostura. La sorpresa en su rostro era evidente; no era el tipo de hombre al que le gustaran las improvisaciones. —Creí que llegarías el sábado, no hoy —respondió él, con un ton