—¿Una cena con tu madre? —preguntó Bianca, sintiendo que un frío repentino recorría su espalda. La idea de enfrentarse a la mujer que había criado a un hombre tan gélido como Eros la llenaba de una aprensión difícil de ocultar.
—Sí —respondió Eros, sin despegar la vista de unos documentos—. Y debes lucir tan impecable que no parezcas una… plebeya.
Bianca frunció el ceño, apretando los puños con una indignación que ya se estaba volviendo costumbre. Se puso de pie, enfrentándolo con la barbilla en