CAPITULO 3

El silencio en la oficina de Eros era tan denso que Bianca sentía que podía cortarlo con la mirada. El sonido de la impresora láser, expulsando las hojas del contrato definitivo, resonaba en sus oídos como una sentencia de muerte o un salvavidas, aún no estaba segura de cuál. Bianca se moría de la vergüenza mientras observaba a Eros tomar el contrato recién impreso para luego entregárselo. Esta vez, el protocolo era distinto: debían firmar ambos, sellando un destino que ninguno de los dos había previsto semanas atrás.

“Seguramente pensará que estoy desesperada”, se dijo Bianca a sí misma, sintiendo el calor subir por sus mejillas. El peso del papel en sus manos se sentía como si sostuviera plomo. Eros, con su habitual tono gélido y autoritario, le pidió que verificara todo antes de estampar su rúbrica definitiva. Bianca, tratando de recuperar algo de su dignidad perdida, comenzó a revisar meticulosamente cada página. Sus ojos se detuvieron, y su corazón dio un vuelco que la dejó inmóvil, cuando leyó una de las cláusulas subrayadas: “Matrimonio legal hasta que el bebé nazca”.

Ella no dijo nada en ese momento. Se quedó mirando las letras negras sobre el fondo blanco, procesando el impacto de lo que eso significaba. Tendría que pasar nueve meses casada con un hombre que nunca antes se había casado. “Seré su primera esposa”, pensó, y una extraña e inexplicable emoción la recorrió, a pesar de que sabía perfectamente que no habría amor de por medio, solo conveniencia y un intercambio de necesidades. “Ningún tipo de contacto”, continuó leyendo, y cada vez que pasaba la página, el contrato reafirmaba la distancia gélida que debía existir entre ellos. Convencida de que no había más que leer, o quizás demasiado asustada para encontrar algo más, firmó con mano temblorosa.

Eros la observó con una ceja arqueada. —¿Lo leíste todo? —le preguntó con una voz que no dejaba traslucir emoción alguna.

Ella afirmó con un movimiento de cabeza, incapaz de articular palabra. Bianca observó al CEO firmar con un trazo fluido y elegante. En ese instante, los nervios se apoderaron de ella de forma definitiva, porque la realidad de su situación finalmente la golpeó: ya no era una mujer libre buscando empleo, era la futura esposa por contrato de uno de los hombres más poderosos del país.

—Entonces… el matrimonio será una farsa que durará hasta que el bebé nazca —sentenció Eros, cerrando la carpeta del contrato—. Cuando se anuncie el compromiso, ya estaremos viviendo juntos en mi residencia, así que en una semana paso por ti. Así comenzaremos con el proceso médico para el embarazo de mi hijo, pero antes debes hacerte unos exámenes para saber que estás completamente saludable.

—¿Cómo que exámenes? —reaccionó Bianca, sintiéndose de repente como un objeto de estudio—. No, no hay necesidad de eso. Estoy saludable y…

—Si leíste el contrato, supongo que leíste la última cláusula, ¿no es así? —la interrumpió Eros, clavando sus ojos en ella con una duda creciente.

Bianca maldijo por dentro. Su revisión "meticulosa" no había llegado hasta la última página, traicionada por su prisa por terminar con aquel momento humillante. Eros comenzó a dudar seriamente de si era una buena decisión la que estaba tomando; ella parecía impulsiva, quizás demasiado emocional para un trato tan frío. Sin embargo, ya no podía retractarse porque él también había firmado y los Ainsworth no rompían sus pactos.

—Te llamaré en cuanto todo esté listo —concluyó él.

Eros le entregó una copia del contrato. Cuando ella lo tomó, sus dedos rozaron los de él por una fracción de segundo. Bianca alejó sus manos rápidamente, como si hubiera tocado hierro al rojo vivo, y un escalofrío recorrió su columna por el pequeño roce. Sin despedirse, salió rápidamente de la oficina y del edificio. Una vez en la acera, se detuvo a tomar aire. Volteó y observó la enorme compañía de la cual es dueño su ahora prometido, sintiendo que aquel edificio de cristal era en realidad una jaula de lujo.

Guardó el documento en su bolso con cuidado, casi con miedo de que alguien pudiera ver lo que contenía. Mientras se dirigía hacia el hospital, una nueva preocupación comenzó a carcomerla: no sabía qué le diría a su madre sobre su supuesto matrimonio con un hombre de la alta sociedad. “No lo pensé antes”, se lamentó. ¿Cómo explicaría que el hombre que la llamó "mendiga" ahora sería su esposo?

Al llegar al hospital, su madre seguía dormida bajo los efectos de la sedación. Bianca se sentó a su lado, pero pronto llegó el doctor encargado. Los nervios le hicieron pensar que seguramente estaba ahí para recordarle que los gastos del hospital seguían acumulándose y que debía hacer un depósito pronto.

—Me alegra verla, quería avisarle que su madre se encuentra más estable —dijo el médico con una sonrisa amable—. Ah, y su prometido ya pagó los exámenes que se realizará usted y todos los gastos médicos de su madre. Cubrió incluso la cirugía y el postoperatorio.

—¿Así? —dijo Bianca con sorpresa, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿A qué hora el... hizo el pago?

—Hace diez minutos aproximadamente —respondió el médico, consultando su tableta—. Parece un hombre muy eficiente y preocupado por usted.

El médico le informó que la estarían esperando en el ala de laboratorios para realizarle todos los exámenes por los que Eros había pagado. Bianca se quedó inmóvil observando el rostro pálido de su madre mientras pensaba con más calma en lo que había hecho. “¿Qué es lo que hice?”, se preguntó, sintiendo el peso de la tarjeta dorada en su bolso. Ella siempre había soñado con casarse por amor, con un hogar cálido y una familia real, no por conveniencia económica. Su conciencia comenzó a gritarle que se había vendido a un hombre voluntariamente.

—Mamá… perdóname —susurró, dejando caer una lágrima sobre la sábana blanca.

Mientras tanto, Eros se encontraba solo, meditando sobre su propia decisión. Firmar un contrato por conveniencia mutua, casarse con una desconocida y dejar que una extraña tuviera a su hijo era algo que él jamás hubiera imaginado hacer. Pero el saber que su padre no lo dejaría en paz si no presentaba un heredero era algo que no soportaba. Además, el aguijón del orgullo le dolía: su exnovia estaba embarazada y se casaría pronto con un sujeto al que Eros consideraba un prototipo barato de él. No permitiría que nadie estuviera por encima de su éxito, ni siquiera a costa de su propia libertad.

En el último piso de la torre Ainsworth, el silencio era solo interrumpido por el leve zumbido del aire acondicionado. Eros se encontraba solo, con la mirada perdida en el documento que acababa de firmar, hasta que el sonido de la puerta abriéndose lo devolvió a la realidad.

—Así que sigues metido aquí.

Eros reaccionó de inmediato cuando su padre entró en el despacho. Con un movimiento ágil y practicado, guardó bajo llave el contrato en el cajón de su escritorio, manteniendo la calma y una expresión imperturbable. Observó a su progenitor cruzar la estancia con paso firme y le preguntó qué hacía en su oficina a esas horas. El patriarca de los Ainsworth lo observó con detenimiento, con esa mirada evaluadora que siempre buscaba una debilidad, y le preguntó sin rodeos si ya había pensado en la propuesta que le había hecho días atrás sobre asegurar la sucesión familiar.

—Sí… lo he pensado y ya me tienes cansado con el mismo tema —respondió Eros, recostándose en su silla con una falsa despreocupación—, así que te lo diré de una vez: desde hace varios meses estoy saliendo con una chica.

Su padre se detuvo en seco. No esperaba esa confesión de Eros, quien siempre se había mostrado alérgico al compromiso tras su última ruptura pública.

—¿Te sorprende? —añadió Eros, arqueando una ceja.

—¿No dijiste que no querías ningún tipo de relación con nadie? ¿Que las mujeres solo eran distracciones para los negocios?

—No me dejaste opciones, ¿o sí? Si no te lo digo, no vas a dejarme en paz —replicó Eros con un tono de fastidio calculado—. Además, a veces las distracciones resultan ser... necesarias.

Su padre aún no creía del todo en lo que estaba escuchando. Conocía a su hijo y sabía que Eros era un maestro de la manipulación. Lo observó con suspicacia y le preguntó cómo la había conocido. En ese momento, Eros recordó el día del accidente, la imagen de Bianca bajo la lluvia, pálida y vulnerable tras el choque. Ladeó una sonrisa mientras lo recordaba, una expresión que su padre interpretó erróneamente como afecto, y le contó una versión muy editada de lo que pasó ese día.

—Eso suena algo inventado —sentenció el anciano tras escuchar el relato.

—Aunque no lo creas… eso pasó y, ¿qué puedo decirte? Me cautivó. Si quieres puedo presentártela pronto, ya que muy pronto nos vamos a casar.

—¿Hablas en serio? —Su padre estaba más que sorprendido. El hecho de que su hijo, el soltero más codiciado y cínico de la ciudad, hablara de matrimonio era un acontecimiento histórico. Pero su rostro se desencajó por completo cuando Eros soltó la bomba final:

—Ella está embarazada.

—¿Embarazada? Eso es imposible… Tú siempre has sido tan cuidadoso…

—¿No es lo que querías? —lo interrumpió Eros con una frialdad cortante—. Un heredero para el imperio Ainsworth. Pues ahí lo tienes.

Su padre, por supuesto, estaba feliz con la noticia, a pesar del shock inicial. Siempre había soñado con ser abuelo y ver la continuidad de su apellido. Sin embargo, el detalle crucial era que él asumía, por la naturaleza de su mundo, que la chica pertenecía a la alta sociedad, una mujer de alcurnia que estaría a la altura de su linaje.

Cuando su padre finalmente se marchó, la sonrisa de Eros se borró por completo. La satisfacción del engaño fue reemplazada por una punzada de ansiedad; su padre le había advertido que los iría a visitar muy pronto para conocer a su futura nuera. Todo estaba saliendo según sus planes para asegurar su puesto en la compañía, pero aún se sentía profundamente inseguro de meter a una completa extraña en su vida privada.

Pasó una semana. Para Bianca, el tiempo fue un torbellino de mentiras y preparativos. Se las había arreglado para no dejar sola a su madre durante su recuperación más crítica, pero también para tejer una red de falsedades necesaria para su supervivencia. Le hizo creer a su madre que había encontrado un trabajo estable en una gran mansión de las afueras, y que el único detalle era que tenía que vivir en la residencia porque trabajaría en la cocina en turnos dobles. Su madre, confiada y agradecida por la supuesta suerte de su hija, creyó en sus palabras sin sospechar el sacrificio que Bianca estaba haciendo.

El día acordado, Eros pasó por ella en su coche deportivo. Al bajar la ventanilla, observó con desdén el equipaje que Bianca traía consigo: una maleta vieja y gastada que parecía haber visto tiempos mejores.

—¿Qué es eso? —preguntó él, confundido, sin bajar del auto.

—Mis cosas —respondió ella con sencillez—. ¿Por qué?

—Deja eso en tu casa o tíralo. No vas a necesitar nada de eso en mi residencia.

—Escuche —replicó Bianca, plantándole cara—, mi madre cree que iré a trabajar de sirvienta, así que no puedo irme sin nada porque ella va a sospechar. Tengo que llevar mis pertenencias.

—De acuerdo —dijo él sin importancia, volviendo su vista al frente.

Bianca, al ver que él no tenía la más mínima intención de ayudarla con su equipaje, bufó molesta. Con esfuerzo, levantó la pesada valija y la lanzó con fuerza sobre los lujosos asientos traseros de cuero.

—No puede ser… —murmuró Eros, visiblemente molesto al ver que las ruedas sucias de la maleta habían dejado una marca en el tapizado impecable.

Arrancó el coche con un acelerón brusco. Cuando llegaron a la entrada de su imponente residencia, se detuvo antes de entrar al garaje. Eros bajó del coche, abrió la puerta trasera, sacó la valija de un tirón y, ante la mirada atónita de Bianca, la arrojó sin contemplaciones al contenedor de basura que estaba fuera de su mansión.

Bianca ni siquiera pudo objetar; se quedó con la palabra en la boca. Él se giró hacia ella y le dijo con una autoridad aplastante que no necesitaba nada de aquello. Si iba a representar el papel de su esposa ante su familia y el mundo, debía verse como una digna mujer de su clase, no como alguien que cargaba su vida en una maleta de segunda mano.

Al estar frente a la mansión, Bianca se quedó estupefacta. Era un palacio de arquitectura moderna, cristal y acero que gritaba riqueza. Reaccionó solo cuando Eros la llamó con impaciencia. Lo siguió a través de pasillos interminables y techos altísimos hasta llegar a una habitación principal, lujosa pero fría. Eros le indicó que se vistiera pronto con la ropa que ya habían preparado para ella, ya que tenían que salir de inmediato.

—¿A dónde vamos? —preguntó ella, sintiendo que perdía el control de su propia vida.

Eros no respondió de inmediato. Se acercó a ella con pasos lentos, con una sonrisa seductora que no auguraba nada bueno. Bianca, nerviosa por la intensidad de su presencia, retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared. Él se detuvo cuando estaba demasiado cerca, invadiendo su espacio personal.

—A embarazarte —sentenció él. Bianca pasó saliva con dificultad al ver su rostro a escasos centímetros del suyo, sintiendo el calor de su respiración—. ¿O prefieres que lo haga yo… personalmente?

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