Mundo ficciónIniciar sesiónBianca se escapa de él, alejándose lo suficiente para que el calor de su cuerpo deje de quemarle los sentidos. Sus pies descalzos sobre la lujosa alfombra de la habitación principal parecen no encontrar estabilidad. Toma aire desesperadamente mientras intenta calmar a su corazón descontrolado, que late con una fuerza que la asusta.
“¿Qué me pasa? Este tipo casi me mata, encima me llamó vagabunda”, se recriminaba a sí misma en un susurro, tratando de invocar el odio que sintió en aquel hospital. Recordaba cada humillación, el desprecio en sus ojos cuando la vio tirada en la calle, la forma en que tiró su maleta a la basura sin remordimiento alguno. Solo es un contrato, se repetía en su cabeza una y otra vez, como un mantra que intentaba levantar un muro entre ella y el magnetismo oscuro de Eros Ainsworth. Sin embargo, el proceso médico ya había comenzado. Horas antes, en la clínica privada de la familia, se había llevado a cabo la inseminación. Cada vez que pensaba en que le habían introducido el esperma de Eros, el rubor invadía su rostro de forma violenta. No podía verlo a la cara, sentía que su piel quemaba bajo la mirada de cualquiera, así que evitó cruzar palabra con él durante toda la tarde, refugiándose en los rincones de la inmensa mansión. Fue al caer el sol cuando Eros la buscó en la estancia principal. Caminó hacia ella con esa elegancia depredadora que lo caracterizaba. —Toma —dijo secamente, extendiendo una pequeña caja de terciopelo azul marino. Bianca observa la pequeña caja en sus manos, abriéndola con dedos temblorosos. —Debes llevarlo puesto de ahora en adelante —ordenó él. —Un anillo… —murmuró ella, viendo cómo el diamante central captaba la luz de las lámparas de cristal. Consternada, observa el anillo, una joya que costaba más que la casa de su madre. Cuando levantó la vista para agradecerle, o quizás para preguntar qué significaba exactamente portar esa marca de propiedad, Eros ya no se encontraba allí. Se había marchado con la misma frialdad con la que se entrega un documento de oficina. Bianca sonrió con tristeza mientras se colocaba el anillo en su dedo anular, sintiendo el metal frío contra su piel. “Soy una tonta al pensar que él me lo pondría”, pensó, recordando las historias de amor que solía leer antes de que Víctor destruyera su fe en el romance. A lo lejos, Bianca observa al hombre que se encuentra hablando por celular en el jardín interior. Él gesticula con fuerza, moviéndose con una energía contenida que delata su ambición. Ella busca la forma de descubrir qué es lo que realmente pasa por su cabeza, pues aún no puede creer que alguien como él, que lo tiene todo —poder, dinero, belleza—, quiera un hijo a través de un contrato y un matrimonio falso. ¿Era solo por la herencia? ¿O había algo más oscuro bajo esa fachada de éxito? Al observarlo detenidamente, se da cuenta de que es mucho más atractivo de lo que pensaba. Antes, cegada por la rabia y el dolor, ni siquiera se había percatado de la perfección de sus facciones o de la intensidad de sus ojos grises. Pero cuando se da cuenta de que él corta la llamada y la observa de vuelta, el pánico la invade. Bianca sale corriendo a su habitación y se encierra en ella, apoyando la espalda contra la puerta de madera maciza. Inhala profundo antes de suspirar mientras nota los nuevos cambios que hay en su vida: las sábanas de seda, el aroma a flores caras y la ausencia total de su identidad previa. —Señorita, la cena está servida —anunció una voz suave desde el pasillo. —Sí, enseguida bajo —respondió nerviosa, tratando de alisar su ropa. “No puedo siquiera verlo a los ojos, ¿cómo podré verlo a la cara cuando nos casemos?”, se preguntaba, sintiendo que el nudo en su garganta no la dejaría tragar ni un bocado. Cuando bajó, se detuvo al pie de las escaleras, donde la opulencia de la mansión parecía burlarse de su origen humilde. Inhala profundo y muestra su mejor sonrisa, una máscara de cortesía que pretendía mantener durante la cena. Pero esta se borra de golpe cuando se da cuenta de que no había nadie en la mesa de roble. Confundida, pregunta a la empleada dónde estaba él. —El señor siempre suele comer en su despacho cuando tiene cierres de mercado —le respondió la mujer de forma mecánica. Bianca, molesta y sintiéndose como un fantasma en su propia casa, tomó asiento. La cena estaba deliciosa, pero el sabor se volvía ceniza en su boca ante la indiferencia de Eros. Curiosa de saber lo que estaba haciendo, y movida por una mezcla de aburrimiento y desafío, caminó hacia el despacho. Toca dos veces la puerta, pero no recibe respuesta. El silencio la irrita, así que decidió entrar de todas formas. Al verlo trabajando aún de noche, rodeado de pantallas y documentos, y notar que no había siquiera empezado su cena, lo interrumpió al hablarle. —¿Necesitas algo más? —murmuró Eros sin dejar de trabajar, su voz era un hilo de impaciencia. —Bueno, pensé que se había dormido. Así que… traje esto —intentó decir ella, señalando la bandeja. —Si no necesitas nada más, puedes salir. Estoy ocupado y necesito terminar este trabajo. Así que, por favor, no me estorbes. La frialdad con la que le habló le dolió más que un golpe físico. Bianca apretó los puños y se fue a su habitación sin decir nada más. Se sentó al borde de la cama mientras se cruzaba de brazos, la rabia burbujeando en su pecho. No esperaba que fuera tan cruel después de haber aceptado llevar a su hijo. “Claro, ¿qué más se puede esperar de alguien como él?”, se dijo, convenciéndose de que Eros Ainsworth no tenía corazón, solo una calculadora donde antes debió haber sentimientos. Siguiendo su rutina inamovible, Eros se levantó a tempranas horas de la mañana siguiente. El sol apenas comenzaba a filtrar sus rayos por los grandes ventanales. Preguntó por Bianca a una de las empleadas de servicio. —Aún sigue dormida, señor —informó la mujer mientras le servía el desayuno. Eros ladeó una sonrisa de medio lado; no le sorprendía que una chica como ella, acostumbrada a otra vida, siguiera durmiendo hasta tarde. Después de tomar su tasa de café negro, se levantó de su lugar. Por alguna razón que no quiso analizar, sus pasos lo llevaron hasta la habitación de ella. Se sorprende al notar que la puerta no tiene el seguro puesto. Al abrir la puerta y encender las luces, se detiene en seco. La observa por un momento, sumida en un sueño profundo que parece haber borrado todas sus angustias. Eros se ríe por lo bajo al ver su cabello desmarañado sobre la almohada blanca; los tirantes de su blusa caen a cada lado de su hombro, revelando su piel pálida, y traía puesta una pantie color rosa que la hacía ver más vulnerable y real de lo que él estaba dispuesto a admitir.Eros permaneció en el umbral de la puerta, observando la figura dormida de Bianca con una mezcla de curiosidad y desdén. El aire acondicionado mantenía la habitación fresca, pero la calidez del sueño parecía emanar de ella. Carraspea su garganta con fuerza, esperando que el sonido la sacara de su letargo, pero ella solo se removió molesta entre las sábanas de seda. Con un leve quejido, se dio la vuelta y murmuró, con la voz pastosa por el sueño, que la dejaran "una hora más", hundiéndose de nuevo en la almohada.
Eros, acostumbrado a que sus órdenes se cumplieran al instante, sintió una punzada de irritación. Sin pensarlo dos veces, se acercó a la gran ventana y abrió las cortinas de par en par. La luz cegadora de la mañana inundó la estancia, deshaciendo las sombras y revelando cada detalle de la habitación.
—Ya es tarde. Despierta —sentenció él con su tono más autoritario.
Bianca se despierta enseguida, parpadeando con violencia ante la claridad repentina. Tardó unos segundos en procesar dónde estaba y quién era el hombre de pie junto a su ventana. Cuando su mirada se encontró con la de Eros y recordó cómo estaba vestida —con la blusa caída y esa pantie rosa que no dejaba mucho a la imaginación—, la sangre se le subió a la cabeza en un estallido de calor. El pánico y la humillación la invadieron. Sin pensarlo, tomó lo primero que encontró en la mesa de noche, que resultó ser un costoso reloj de diseño, y se lo arrojó con todas sus fuerzas.
—¡Fuera! ¡Lárgate! —gritó avergonzada, haciendo que Eros tuviera que esquivar el objeto y saliera de su habitación por puro instinto de preservación.
—¡Pero qué demonios sucede contigo, loca! —le gritó él desde el pasillo, acomodándose el traje impecable.
Unos segundos después, Bianca abrió la puerta de golpe. Se había colocado una bata de seda por encima, apretando el cinturón con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Sus ojos, antes nublados por el sueño, ahora lanzaban chispas de furia.
—¡Escúcheme bien! —exclamó, señalándolo con el dedo—. El hecho de que seamos una pareja falsa y que yo haya firmado ese contrato, no significa que va a entrar a mi espacio personal como si fuéramos cercanos. ¡Hay límites, así que respete!
Antes de que Eros pudiera articular una respuesta cínica, Bianca cerró la puerta de golpe en su cara, el estruendo resonando por todo el pasillo. Eros se quedó allí parado, solo, sintiéndose extrañamente sorprendido. No esperaba que una mujer en su situación reaccionara de esa forma o que tuviera ese temperamento tan inflamable. “Vaya sorpresa”, pensó, ajustándose los puños de la camisa. Había algo en esa resistencia que, a pesar de su molestia, le resultaba intrigante.
Más tarde, cuando ella finalmente salió de la habitación, vestida con la ropa elegante que él había seleccionado, Eros la observó sin expresión alguna. Ella caminaba con rigidez, claramente incómoda con los tacones y el vestido ajustado. Se detuvo junto a él cerca de los grandes ventanales que daban a la entrada principal de la mansión. Bianca notó el movimiento inusual en la verja.
—¿Y esas personas? —preguntó ella, señalando a la multitud con cámaras.
—Son los paparazzi que seguramente mi querido padre envió para confirmar los rumores —respondió Eros con voz plana—. Quiere saber si en verdad estoy comprometido o si solo ha sido otra de mis maniobras para que me deje en paz.
Eros se acercó a ella, invadiendo de nuevo su espacio. Bianca sintió que sus nervios se alteraban al tenerlo tan cerca, sintiendo el calor de su cuerpo y el aroma a sándalo de su loción. Él le ofreció el brazo con un gesto que parecía una invitación, pero que en realidad era una orden.
—Vamos, amore mío —susurró él con una ironía que solo ella podía percibir—. Hay que presentarnos ante todos como la feliz pareja de enamorados que somos. Es hora de que el mundo crea nuestra mentira.
—Sí, claro —murmuró ella, tragando saliva.
Al cruzar la puerta principal, el bombardeo comenzó. Bianca comenzó a sentirse abrumada cuando decenas de flashes comenzaron a fotografiarla sin descanso. El ruido de los obturadores y los gritos de los periodistas preguntando su nombre la marearon. Instintivamente, se aferró del brazo de Eros con fuerza, como si él fuera lo único sólido en un mundo que empezaba a girar demasiado rápido. En un gesto inesperado, él colocó su mano sobre la de ella, presionándola suavemente. El contacto, aunque firme, hizo que Bianca se tranquilizara un poco.
Observó a su prometido mientras él aclaraba las dudas que su padre ya había dejado caer en los medios de comunicación. Bianca se encontraba profundamente sorprendida de la forma en que Eros hablaba con tanta naturalidad y confianza; mentía con una elegancia tal que incluso ella, que conocía la verdad, casi podía creerle. En cambio, ella apenas podía respirar; los nervios la alteraban de tal forma que temía que su voz le fallara si intentaba decir una sola palabra.
—¿Es cierto que se casarán por obligación debido a un acuerdo de negocios? —preguntó una de las reporteras, estirando su micrófono.
—Oh, seguramente habla sobre el embarazo —dijo Eros con una sonrisa ladeada, esa que derretía a los accionistas y enfurecía a sus rivales—. El compromiso ya tiene varios meses, lo mantuvimos en privado por respeto a nuestra intimidad. Y lo de su embarazo… es reciente, así que decidimos que era el momento de compartir nuestra alegría.
En ese momento, Eros la miró fijamente con una sonrisa cálida, una expresión tan llena de ternura fingida que tomó por completo a Bianca por sorpresa. Antes de que ella pudiera reaccionar, él se inclinó y la besó. Fue un beso calculado para las cámaras, pero para Bianca fue confuso y eléctrico. Sintió que el tiempo se detenía mientras los flashes se intensificaban.
—Digo que la llegada del bebé es una bendición, ¿no es así, amor? —preguntó él al separarse apenas unos milímetros.
Las mejillas de Bianca se enrojecieron por completo. Eros la miraba fijamente de una forma tan cariñosa que cualquiera habría jurado que estaban enamorados en verdad. Sintiéndose observada por cientos de ojos, Bianca comprendió que debía actuar si quería salvar a su madre y cumplir su parte.
—Sí… tienes razón, cariño —respondió ella con un hilo de voz.
Eros se sorprende genuinamente cuando ella le devuelve el beso, rodeando su cuello con suavidad para hacer la escena aún más convincente. Él sonríe por un momento, disfrutando del caos que estaban provocando. Finalmente, se giró hacia los paparazzi y les indicó que se marcharan, alegando que su futura esposa debía descansar debido a su "estado delicado".
Para finalizar la actuación, Eros pasó su brazo por su cintura, tomando sus caderas para acercarla más a él mientras caminaban de regreso al interior. El contacto directo y la firmeza de su agarre hicieron que el rostro de Bianca se enrojeciera por completo, sin saber dónde terminaba la actuación y dónde empezaba la peligrosa realidad de su nuevo mundo.







