—Si quieres una aventura, búscala en otra parte porque no voy a caer en tus juegos de seducción —le espeté, con la voz temblando no de miedo, sino de una rabia contenida que amenazaba con consumirme.
Me sentía como un animal acorralado en esa habitación de lujo que empezaba a asfixiarme. Eros me observaba con una intensidad que me revolvía el estómago; sus palabras aún flotaban en el aire, pesadas y venenosas.
—En serio me gustas, Bianca —insistió él, dando un paso hacia adelante, acortando es