El motor del deportivo se apagó con un ronroneo grave, dejando un silencio repentino en el patio empedrado de la mansión Romano. La propiedad, situada en las colinas sobre Nápoles, era una bestia de piedra antigua, imponente y fría, muy distinta a la luminosidad abierta de la villa de los Vitale en Amalfi. Aquí, las sombras no se escondían, se exhibían.
Nicolo bajó del coche, ajustándose la chaqueta de cuero. El aire de la noche traía el olor a ciudad y a puerto, un contraste agudo con la sal l