El doctor guardó el estetoscopio en su maletín de cuero con un clic suave que resonó como un eco en el silencio del dormitorio.
Lena estaba sentada en el borde de la cama, con las manos apretadas en su regazo, los nudillos blancos por la tensión. Se sentía pequeña bajo la mirada clínica del médico y, sobre todo, bajo el peso de la presencia de Matteo.
Matteo no se había sentado. Caminaba de un lado a otro de la habitación, frente a los ventanales, como un león enjaulado. Su camisa estaba arrema