El amanecer cubrió la mansión Vitale con un manto cálido, dorado y radiante, pero para Elisabetta, la luz no venía de afuera. La luz la llevaba ella dentro, una incandescencia nerviosa que le recorría las venas como champán.
Estaba sentada en la terraza del desayuno, con un libro abierto sobre el regazo que no había leído en absoluto. Sus ojos estaban fijos en el horizonte marino, pero su mente estaba en el interior de un coche deportivo, envuelta en aroma a cuero nuevo, lluvia y sándalo.
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