La pregunta quedó suspendida en el aire caliente de la tarde, pesada como una sentencia.
—¿Nos conocemos?
Elisabetta sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas, un tamborileo frenético que amenazaba con delatarla. Apretó los labios, rogando en silencio que Nicolo no cometiera un error, que no dejara entrever la familiaridad prohibida que había nacido entre ellos en la oscuridad de un coche deportivo.
Nicolo no parpadeó. Sostuvo la mirada del capo con una calma que rozaba la insol