Las dos semanas siguientes se disolvieron en una neblina extraña.
Físicamente, Lena comenzaba a recuperar el aliento. Las náuseas matutinas habían empezado a remitir, concediéndole una tregua, aunque el agotamiento seguía siendo su sombra fiel, acechándola en cada momento del día.
Sin embargo, algo en la atmósfera del ático había cambiado.
Matteo estaba raro.
No era el hombre distante de sus inicios, sino uno que parecía esquivarla.
Mantenía reuniones a deshoras en su despacho, con la puerta