Mundo ficciónIniciar sesiónMarina Salas es una joven mujer que creía que tenía el matrimonio perfecto con quien decía era el hombre de su vida, Esteban Montemayor. Todo aquello cambia la noche de su noveno aniversario en la que, tras una hermosa cena con familiares y amigos, este hombre llega y le dice: —Marina… ¡Quiero el divorcio! Lamento hacer esto, pero de verdad, no puedo, llevo años intentándolo y… Ya no puedo más… De verdad, lo he intentado, he hecho todo lo posible por que esto funcione en todos estos años, pero no puedo seguir engañándome, Marina, no te amo; es más, no sé si algún día lo hice. Aquella joven mujer se casó siendo muy joven y cuando lo hizo, se sentía increíblemente enamorada e ilusionada, tanto que, en ese momento, poco le importó hacer a un lado sus planes de estudiar y sus sueños de conocer el mundo. Esteban por otro lado, siempre había sido el hijo perfecto, el hombre correcto, siempre amable, siempre servicial y comprometido. Nada en su vida está fuera de las reglas; siempre había sido considerado un buen hijo, esposo y padre, nada malo se podría esperar de él, al menos no, hasta aquella cálida noche de verano en donde no pudo fingir más, tomo sus cosas y se marchó. —Dime una cosa Esteban, solo respóndeme una cosa, ¿Hay alguien más? Esteban no quiso responder, no lo consideró prudente, pues cómo le dices que te vas porque el amor de tu vida ha regresado y que, 9 años de matrimonio no han bastado.
Leer másMarina Salas contemplaba su reflejo en el espejo mientras cepillaba su cabello y practicaba su mejor sonrisa, la misma que usaría cuando estuviera frente al amor de su vida.
Por un momento, se miró con más atención y sintió un tanto extraña, era más que evidente que el rostro que se veía en el espejo, ya no se parecía en nada al de la jovencita que era cuando se casó.
No lo decía abiertamente, pero en ocasiones, llegaba a sentirse un poco vieja, más cuando su hija Renata se lo había dicho en más de una ocasión.
Casi de inmediato hizo a un lado aquella terrible sensación y, posó sus ojos en la mesa del tocador, buscando la cajita que contenía un reloj que se había percatado que le gustaba a Esteban Montemayor, su amado esposo.
En su rostro se dibujó una bella sonrisa al recordar cómo fue que, en una noche de verano como hoy, Esteban llegó a casa de sus padres, tocó el timbre y, sin más preámbulo, le pidió que se casaran.
—¡Marina, es una 1ocura! —¿Cómo pudiste aceptar así de rápido? —le decían su madre y hermana mayor.
Definitivamente, les podía decir que no fue una 1ocura; tantos años de matrimonio no podían ser una locura. Sus muchos años de matrimonio demuestran su amor.
Cada que miraba la puerta de su habitación, sentía mariposas en la panza al pensar en que, en cualquier momento, su esposo entraría por ahí y continuarían con el festejo por su noveno aniversario.
Marina ya tenía todo preparado: el champán se estaba enfriando, fresas cubiertas de chocolate amargo y, claro, no podían faltar los pretzels, que eran los favoritos de Esteban.
Lina, su hermana menor, se había llevado a sus gemelas a una pijamada en su apartamento, según ella, para darles mayor privacidad, con lo que podían dejar salir sus más bajas pasiones.
Se sonrojaba al pensar en las 1ocuras que cruzaban por la mente de su pervert1da hermana.
Con aquel pensamiento miró su silueta, la cual se encontraba enfundada en un bello y sensua1 camisón color beige. Era obvio que ya no poseía el cuerpo de cuando se casó.
—¡Al menos ya no eres una tabla, Marina! —se dijo a sí misma, observándose con atención.
No podía ocultar que estaba nerviosa, esta era la primera vez que se vestía con algo así. Incluso tardó varios días en decidir si comprar o no, aquella prenda, ya que le preocupaba la reacción de Esteban.
Esperaba que al verla no la considerara ridícula, esa idea la calló de inmediato cuando una voz en su cabeza le dijo: “No todos los días es tu aniversario”.
Este fue también el comienzo de su discurso de aniversario, cuidadosamente preparado.
—No todos los días es tu aniversario… Esteban Montemayor, hoy en nuestro noveno aniversario, puedo decir que… El tiempo ha pasado como agua entre las manos, ha sido toda una vida llena de buenos momentos, retos, alegrías y dos grandes bendiciones…”
En el pasado, la verdad era que la familia de Marina, muchas veces, dudó de aquel repentino matrimonio, más cuando Esteban y ella no tenían una relación, además de que él llevaba viviendo fuera del pueblo varios años.
Sin embargo, Marina, ante la propuesta, se aferró a sus sentimientos y no hubo poder humano que la hiciera cambiar de opinión.
Marina hoy día se sentía orgullosa, podía presumir de un estable y feliz matrimonio, el cual se había complementado con sus gemelas. Renata y Diana, a las que amaba con todo su corazón.
De pronto, sus pensamientos se vieron interrumpidos al ver que su atractivo esposo abría la puerta.
Al verlo, sintió una punzada en el estómago; todo el día había imaginado este momento y, ahora que sucedía, no podía evitar sentirse nerviosa, tal como en su primera noche de bodas.
—Esteban… —dijo Marina como un susurro.
El hombre se quedó pasmado en el umbral de la puerta; la recorrió con la mirada más de una vez, lo que provocó que Marina se pusiera más nerviosa de lo que ya estaba.
Esteban poseía un atractivo único, el cual, no había hecho más que perfeccionarse con el paso de los años.
La mirada de Esteban era penetrante y en algunas personas provocaba intimidación, no así en Marina, quien podía sentir cómo aquellos oscuros ojos la estaban desnudando, lo que provocó que su piel se erizara y su zona íntima se mojara sin antes ser tocada.
Tras lo que pareció una eternidad, que solo habían sido unos dos o tres minutos, Esteban finalmente entró, cerró la puerta y caminó directo a Marina.
Ella, al ver aquella acción, tomó la caja con su obsequio y dijo:
—Esteban, mi vida, mira, este es un pequeño detalle para ti… Es... Es algo que desde hace mucho he visto que querías, yo… Yo ahorré para poder comprarlo, no lo pagué con tu tarjeta, bueno, sí, pero… Pero fui ahorrando desde hace mucho…
Esteban se percató del delicioso aroma que se desprendía del cuerpo semidesnudo de Marina. Tomó la cajita, la tomó de la cintura, la atrajo hacia él y plasmó sus labios en los de ella en un beso lleno de deseo y pasión, pero, casi de inmediato, reaccionó, se apartó, miró la caja y dijo,
—Marina… Lo lamento, pero ¡quiero el divorcio!
Renata y Diana se habían quedado en la cocina; la primera revisó que nadie la viera, se acercó al oído de Diana y dijo:—¿Ya viste todo lo que causaste? Papá va a saber esto y te juro que le va a ir muy mal a mamá; todo será tu culpa.Tan pronto como vio que Ofelia se acercaba, se alejó de Diana. Esta se quedó callada; ella no quería causar problemas a su mamá, jamás imaginó que lo que había hecho pudiera provocar tantas cosas malas a su mamá.Diana no pudo más, se levantó de la mesa y se fue a su habitación. Ofelia se había percatado de todo; era una mujer vieja y sabia, así que tan pronto como Diana salió de la cocina, dijo:—Dame ese móvil, tu mamá dijo que se lo entregaras.—¡Es mío! Si lo quiere, que venga y me lo quite.—Renatita, no estoy jugando, te vi, sé lo que haces con tu hermana y no es bueno, no entiendo por qué guardas tanto rencor hacia ella. Solo te voy a decir una cosa: ella es tu hermana y ante cualquier cosa siempre estará contigo. Nadie es más valioso que tu madre
Luego de hablar con sus hijas, Marina se fue a su habitación; necesitaba organizar una mudanza. No se iba a llevar muebles, solo se llevaría sus cosas, las cuales, tal como vio, no eran muchas.Algunas las podía donar y las joyas que algún día Esteban le había dado, ya había pensado en un mejor uso. Así como vio que pudo vender el carísimo reloj que le regaló a su exmarido, se podía deshacer de estas y conseguir algo de dinero.Comenzaba a guardar su ropa cuando su móvil sonó, revisó quién llamaba y se percató de que se trataba de Efraín.—Hola…—¡Hola, cariño! ¿Cómo estás?—Bien, ¿y tú?—Bien, corazón, voy saliendo de una larga junta. ¿Cómo están tus hijas?—Hmm… Una como fiera y la otra totalmente callada.—¿Quieres que te dé un consejo?—¿Cuál?—Llévalas a terapia, no es normal que ambas tengan ese tipo de reacciones, más por la gemela malvada.—No hay ninguna gemela malvada. —dijo Marina seriamente.—¿Estás completamente segura? Tu hija tiene nueve años y ya tiene la malicia de un
En otro momento, aquellas palabras podían haberse clavado en el corazón de Marina de un modo doloroso, pero últimamente ella había ido asimilando que muchas de las actitudes de su hija estaban bien cimentadas por las ideas que Lorena le había podido sembrar.—¡Cállate, Renata! ¡No le hables así a mamá! ¡Ella es nuestra mamá! ¡Tú no puedes hablarle así a mamá! —expresó Diana apretando sus manitas en un puño.Marina, al ver la reacción, intervino:—Renata, Diana, se me calman las dos y se sientan. Renata, tienes toda la razón, soy una pueblerina que solo estudió la preparatoria, me casé teniendo solo ocho años más que ustedes, me casé llena de ilusiones, estaba enamorada de su padre al grado de no pensar bien las cosas; al hacerlo, me olvidé de mis sueños, de mis anhelos, estaba completa y absurdamente enamorada.Sé que en algún momento les va a ocurrir a ustedes y espero estar presente en sus vidas para saber guiarlas y ayudarlas a elegir el mejor camino. Jamás me voy a arrepentir de h
A la mañana siguiente, Marina se levantó con un terrible dolor de cabeza y cuerpo; el día anterior había estado tan estresada que su cuerpo se tensó al grado de hoy doler como si se tratase de un resfriado. Aun con ello, sabía muy bien que había cosas que no podía postergar.Tan pronto dejó la cama, tomó un baño y ahí pensó en qué era lo mejor que podía hacer para solucionar el gran problema que tenía. Aquello la llevó a la casa nueva y ahí fue donde tomó la decisión.Con la mente más clara y el cuerpo un poco más relajado, bajo a la cocina a ver el desayuno. Para su sorpresa, Renata era la primera en estar sentada en la mesa del desayunador; ya tomaba leche y galletas, mientras Ofelia le iba llevando uno que otro manjar.—Buenos días… —dijo Marina tan pronto entró a la cocina.—Buenos días, mamá… —respondió Renata con el uniforme ya puesto y sin ninguna preocupación.—Buenos días, señora. —dijo Ofelia poniendo atención en el semblante cansado de Marina.Marina dio un recorrido con la
Último capítulo