Mundo ficciónIniciar sesiónVisitar al abogado de la familia no había sido tan dramático como Marina había pensado.
Aquel hombre solo hizo las preguntas necesarias y, después de leer el convenio, le explicó los pormenores, por lo que, en cuestión de una hora, aquel documento que había estado postergando por mes y medio, finalmente fue firmado.
—¿Con esto ya puedo decir que estoy divorciada? —preguntó Marina como si el tiempo apremiara.
—No es tan sencillo como parece, este documento lo llevaré al juzgado, se fijará la fecha para la audiencia y se hará la firma del certificado que hará oficial su separación. —explicó el abogado con calma.
—¿Debo volver a reunirme con mi esposo? —dijo Marina algo inquieta.
—Lo hará, pero será frente a un juez, yo la acompañaré para asesorarla en caso de tener dudas.
—Está bien, creo que eso sería todo, ¿verdad?
—Así es, señora, créame, lo que su marido ha estipulado es un trato muy bueno, prácticamente les está asegurando toda la vida, no hay mucho que podamos agregar.
—Lo único que me importa es que mis hijas no queden desprotegidas.
—¡Así será! Déjelo en mis manos; en un rato más contactaré al abogado de su esposo y le avisaré que ha firmado el acuerdo para que esté al tanto de su decisión.
—¡Gracias! —dijo Marina, retirándose de aquella oficina.
Tras aquello, mientras conducía a casa, trataba de no darle más vueltas al tema, pero su mente la traicionaba. Al final, unos cuantos minutos bastaron para mostrarle lo que en 9 años de matrimonio no había podido o querido ver.
Esteban se había casado con ella, pero su corazón y mente jamás dejaron ir a la mujer que siempre estuvo con él. Todos los cumpleaños, los aniversarios, el día de su boda, incluso su “noviazgo”, ahora le parecían algo dolorosamente ridículo.
Cada mirada, cada sonrisa, cada caricia dada, nunca habían sido realmente verdaderas; ahora la frase que le dijo el día que le pidió el divorcio cobraba más sentido:
—Marina, no te amo; es más, no sé si algún día lo hice.
Aquella joven mujer se miró en el espejo del retrovisor y se dijo:
—Marina, ¿qué esperabas? ¡No te hagas tonta! ¡Tú lo sabías! ¡Ahí no había amor! Mamá te lo dijo… Tu amor no bastó.
Cansada del ruido en su cabeza, prefirió poner a reproducir música para distraer su mente.
—¡Ay, Marina! Tú tuviste toda la maldita culpa, ¿qué esperabas? Tú lo sabías, viviste años viendo cómo ellos eran novios.
Esteban se había casado con ella no porque estuviese enamorado, como tontamente en su cabeza pensó. Estaba claro que ahí había algo más, pues, tal como su madre se lo había dicho, ¿quién se casa con alguien sin conocerlo o sin tener alguna relación?
—¡Una verdadera idiota! Sí, una verdadera idiota hace lo que hiciste tú…
Su corazón adolorido quería saber por qué Esteban se casó con ella, pero ya no tenía caso, tal vez nunca sabría cuál fue el verdadero motivo por el que él la eligió, pero de algo sí estaba muy segura; eso se acababa hoy.
Era claro que, desde niña, había fantaseado con Esteban, bien podía decir que desde la primera vez que lo vio.
¿Quién no se enamoraría de él? Aun siendo un jovencito, era atractivo; su cabello quebrado y oscuro, su piel morena y perfil afilado, y qué decir de aquellos ojos penetrantes y expresivos. Siempre amable, siempre sonriente y servicial con la gente, ¡cómo no iba a llamar la atención!
Desafortunadamente, Marina había nacido 7 años después que él y, aunque en su momento deseó crecer rápido para poder alcanzarlo, eso nunca sucedió.
Al final, uno de sus tantos deseos de cumpleaños se hizo realidad, pero le faltó agregar que ella quería ser la dueña de su corazón y eso, le había quedado muy claro con lo que presenció hoy.
Marina sonrió mientras se daba cuenta de aquello; además de que, escuchar “La gata bajo la lluvia” no ayudaba mucho.
—Amor… Tranquilo, no te voy a molestar… Mi suerte estaba echada, ya lo sé… Amor… Lo nuestro solo fue casualidad… No temas, no hay cuidado, no te culpo del pasado… La vida es así…
Marina comenzó a cantar con voz quebrada, trataba de vaciarse por dentro, lloraba ya sin limpiarse las lágrimas, pues ahí dentro nadie podía verla, todo mientras conducía a casa casi de manera automática.
—Ya lo ves… La vida es así… Tú te vas y yo me quedo aquí…
Aquella joven mujer cerró los ojos por un segundo y, al abrirlos, una penetrante luz se hizo presente.
Iba tan en su mundo que no vio el auto que venía de frente, cuando lo hizo, fue demasiado tarde y solo pudo escuchar el sonido seco de los frenos. Tras aquello, un fuerte golpe se sintió en todo su cuerpo.
En fracción de segundos, su cuerpo se estampó contra la bolsa de aire y el ruido que llevaba tanto en el auto como en la cabeza, se silenció con un curioso zumbido en los oídos.
Para cuando Marina abrió los ojos, solo podía ver rostros de desconocidos que no paraban de hablarle:
—¡Estás bien! ¡Estás bien!
—¡Tranquila! ¡Ya vamos para el hospital!
—¡Todo estará bien mientras no cierres los ojos!
—¡Quédate conmigo! ¡Escúchame! ¡Quédate conmigo!
Ella intentaba moverse, pero no podía; su cuerpo era atravesado por un inmenso dolor. Trataba de enfocar su mirada a alguien conocido, pero nada, no reconocía a nadie.
Momentos después, comenzó a sentir sus párpados cansados, sus labios adormecidos y, antes de caer en la inconsciencia, una sola idea llegó a su mente: ¡Sus hijas! ¡Sus pequeñas hijas!
Fue en este momento cuando lo sucedido por la mañana y la revelación que había tenido después, parecieron nada comparado con lo que estaba sintiendo en ese preciso momento.
—¡No te duermas! ¡Quédate a mi lado! —dijo un hombre presionando fuertemente su pecho.
Aquello, fue lo último que alcanzó a escuchar y sentir antes de que todo se volviera silencioso y oscuro.







