Mundo ficciónIniciar sesiónLuego de abandonar la oficina de Esteban, Marina sentía el estómago revuelto, así que, sin pensarlo dos veces, se apresuró a llegar al tocador, al llegar ahí, sin dudarlo, vomitó todo lo que llevaba dentro.
Al salir y comenzar a enjugarse la boca, se topó con quien, en ese momento, era la persona que menos hubiese querido encontrarse.
—¡Marina! —¿Todo bien? —dijo Lorena, mientras se retocaba el labial con un tono rojo sangre que le iba a la perfección. —Si me cayeras mal, pensaría que eres una maldición, pero como no, ¡qué agradable sorpresa!
Marina pudo percatarse del tono burlón oculto en cada palabra; sabía que todo lo que saliera de la boca de aquella mujer definitivamente iba cargado con una doble intención.
—¿Tú eres la amante de mi marido? ¿Verdad? Por eso él me pidió el divorcio, ¿no es así? —soltó Marina sin filtro, ni reserva.
—¡Qué cosas dices, Marina! ¿Amante? No sé de qué me estás hablando, creo que estás en un error, no deberías andar lanzando este tipo de acusaciones sin fundamento; quien te escuche podría malinterpretar la situación y meterme en problemas. —expresó Lorena al darse cuenta de que había alguien más en el tocador.
—¡Dime la verdad, Lorena! ¿ERES LA AMANTE DE MI MARIDO? ¿VERDAD? ¿Por qué te ocultas? Soy más joven que tú, pero no me quieras ver la cara de idiota, el que ahora trabajes para él, no es una simple coincidencia. —expresó Marina, sacando un lado que ni ella misma conocía.
La mujer que estaba en el baño salió casi corriendo, al percatarse del incómodo momento que se desarrollaba ahí dentro.
—¡Tienes razón, Marina! Yo sé todo sobre tu y Esteban. ¡Ay, Marina! ¡Marina! ¡Marina! Seamos honestas, ¿qué esperabas? ¿Eh? —dijo Lorena girándose para verla a la cara. —¡Mírame! Soy exitosa, inteligente, culta y no dependo de nadie para vivir… Incluso tu hija Renata me admira; vamos, hasta hemos ido de compras juntas y me cuenta lo desagradable que eres con ella.
—¿DE QUÉ CARAJOS ESTÁS HABLANDO? —gritó Marina, sorprendida por aquellas declaraciones.
—Lo que escuchaste… Tu hija, al igual que Esteban, prefiere mi compañía, prefiere pasar tiempo conmigo antes que contigo. —expresó Lorena burlonamente.
—¡ESO NO ES VERDAD!
—¡Claro que lo es! Ella me ha confesado que mil veces preferiría que yo fuese su madre. —aseguró Lorena, disfrutando de ver el cambio en el semblante de la mujer frente a ella.
Marina no quería creer en la venenosa opinión de aquella mujer; sabía que siempre había sido mentirosa y le gustaba generar discordia; en eso era experta.
—¡Tú solo quieres sembrar discordia con mis hijas! Esteban no sería capaz de… —Intento decir Marina, pero fue abruptamente interrumpida por Lorena.
—¿De qué? ¿De irse conmigo? ¡Por Dios! Llevamos viviendo juntos desde que te dejó… Vienes aquí y dices que soy la amante, pero te niegas a aceptar la verdad; si Esteban te pidió que te casaras con él, fue por despecho, por necesidad…
—¿QUÉ DEMONIOS DICES? —preguntó Marina aún más sorprendida.
—¡Sí! Así como lo escuchas. ¿Acaso no fue a tu casa y, sin esperarlo, te propuso matrimonio? Todos los Montemayor sabían que nos íbamos a casar, pero bueno, las cosas no siempre salen como uno quiere. Tuvimos que separarnos y él cometió el terrible error de enredarse contigo por soledad, por tristeza o simplemente por necesidad, despecho, qué sé yo.
Ahora que te he dicho la verdad, deberías mostrar un poco de dignidad y firmar el maldito papel que te dejó. No sé por qué insistes en mantener un matrimonio que ya se acabó; él lleva tres meses de no vivir contigo. ¿Acaso no fue quien te pidió el divorcio mientras estabas vestida con lencería provocativa? —dijo Lorena repitiendo las palabras que había escuchado de una conversación que escuchó entre Esteban y Armando.
Marina abrió los ojos de sobremanera; eso era algo muy íntimo y Esteban no tenía derecho a divulgarlo.
—¡Firma el divorcio! ¡Entiéndelo! Esteban se fue y tu hija es feliz con nosotros, incluso cuando salimos juntos, finge ser mi hija, se siente orgullosa de caminar a mi lado. ¿Acaso no te ve como una simple ama de casa? ¿Acaso no te lo ha dicho un montón de veces?
Marina sintió como una oleada de calor la invadió; la enorme impotencia y frustración la hizo actuar sin pensar, por lo que en un abrir y cerrar de ojos, se escucharon dos fuertes bofetadas.
—¡JAMÁS TE VUELVAS A ACERCAR A MIS HIJAS! ¡YO SABÍA QUE NO PODÍA EQUIVOCARME! ¡LO SABÍA! ¡SABÍA QUE HABÍA ALGUIEN! ÓYELO BIEN, LORENA… —gritó Marina mientras le señalaba con el dedo. —A mí me podías hacer lo que querías en el pasado, pero a mis hijas, con ellas no, no te metas con ellas o verás de lo que es capaz una madre por ellas.
—¡MARINA! ¿QUÉ DEMONIOS HACES AQUÍ? ¿ACASO NO FUI CLARO? —gritó Esteban al entrar y escuchar la advertencia de su esposa hacia su nueva mujer.
Marina, al escucharlo y verlo, solo pudo sentir cómo su furia iba en aumento.
—¿ERA TAN DIFÍCIL DECIRME LA PUTA VERDAD? —gritó Marina con la mandíbula tensa, pero relajándola al soltar una sonrisa irónica. —¡VAYA! ¿CÓMO NO ME DI CUENTA ANTES?
Ahora que lo recuerdo… Ese puto reloj, ese que siempre checabas pero que nunca comprabas, ¿no era que no te lo podías comprar?, ¿verdad? Era porque te la recordaba; ese reloj era el que usabas cuando eras adolescente, ella lo tenía y ahora que volvió te lo regresó, ¿verdad? —dijo Marina señalando a la mujer agredida.
—¡YA BASTA! —gritó Esteban al sentirse descubierto. —¡LARGO DE MI EMPRESA! ¡ESTA SERÁ LA ÚLTIMA VEZ QUE LE PONGAS LA MANO ENCIMA A LORENA! Nuestros problemas son nuestros, no de ella, no de la compañía.
No te avergüences más, te prohíbo rotundamente poner un pie aquí nuevamente; como tú lo has dicho en otro momento, lo que quieras hablar, que lo haga tu abogado con el mío.
Marina sabía que ya no tenía nada más que hacer ahí; en ese momento, tal como en muchos otros, enterró en lo más profundo de su corazón lo que sentía por él para dejar salir su rabia y amargura.
—Solo una cosa, Esteban… —dijo Marina con lágrimas que no sabía en qué momento brotaron de sus ojos. —¡Voy a firmar el puto divorcio! Ya me cansé de que me veas la puta cara de idiota, pero eso sí, ¡respeta a mis hijas! ¡Te prohíbo rotundamente que convivan con ella!
Marina señaló a la mujer que lucía completamente consternada ante la situación.
—Si no fuiste capaz de respetar nuestro matrimonio, al menos respétalas a ellas; evita que Renata siga creyendo que soy su enemiga, ya que ahora entiendo la razón de todos sus cambios de humor.
Tras aquellas palabras, Marina tomó su bolso y salió de aquel baño sin mirar atrás.
Hoy le había quedado clara una cosa: Esteban nunca la amó; él solo se había casado con ella por despecho.
Es aquí cuando la pregunta que su madre le hizo hace años retumbó en su mente.
—Marina, ¿quién se casa con un mes de conocerse? ¡Es una locura! ¡No estoy de acuerdo! ¡Ahí no hay amor!
—¡Sí! ¡Sí lo hay! ¡Está, mi amor!







