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Capítulo 7: Odio y rencor

Marina salió del edificio del Grupo Montemayor sintiendo una fuerte opresión, sentía que necesitaba tomar aire, caminar y calmarse, por lo que así lo hizo.

En ese momento, ni todo el ruido de la ciudad podía callar el ruido que llevaba en su interior; masajeaba con fuerza su pecho, tratando malamente de calmar sus ganas de llorar.

Al sentir un intenso mareo, decidió tomar asiento en una de las tantas banquitas que estaban a su paso.

Luego de un rato, una pareja de jóvenes captó su atención; la observó mientras jugueteaban y sonreían en complicidad. Aquella escena la hizo recordar cómo había sido su corto noviazgo con Esteban, luego de que este llegara a su casa y le propusiera matrimonio.

---9 Años atrás ---

—¿A dónde quieres ir? —preguntó Esteban con las manos puestas en el volante.

—Hmm… ¡No lo sé! Tal vez al cine o por un helado, ¿tú qué opinas? —expresó Marina, nerviosa, pues era la primera vez que salía con un chico en plan de novios.

—Bien, supongo que podemos ir al cine y ahí compramos el helado. —¿Qué te gustaría ver? —preguntó Esteban con complacencia.

—¿Te parece si en el cine elegimos? No sé qué película está en cartelera.

—¡Bien! Será el cine, entonces.

Marina se sentía diminuta en aquella elegante camioneta que jamás en su vida había visto. Aún le costaba creer que Esteban Montemayor, su amor platónico desde los 7 años, estuviera ahí y, más aún, que fuera su novio.

Discretamente, se pellizcaba la pierna para recordarse que no se trataba de uno de sus fantasiosos sueños. Esto era real, tan real como que Esteban había llegado a su casa a la hora pactada, le había llevado un precioso ramo de flores al tiempo en que le había abrazado y plantado un beso en la mejilla.

Ella, como reacción, se puso roja como tomate, sus orejas se le calentaron y ni qué decir de sus manos, las cuales sudaban y temblaban. Aquel mismo nerviosismo le hacía quedarse callada en ese momento, pues no sabía qué decir o hacer frente a él.

Con los ojos brillando de ilusión y una bella sonrisa dibujada en su rostro, de vez en vez, volteaba a verle.

Esteban olía exquisitamente bien, lucía muy atractivo con esa camisa azul claro y esos jeans oscuros; además de que se sentía atraída por la seguridad que mostraba al conducir con una mano.

Para Marina, Esteban siempre le había resultado atractivo, incluso antes de que fuese un adulto. No le cabía duda de que, con cada año que pasaba, su atractivo solo iba en aumento.

Esteban, al sentir la mirada de la jovencita, volteaba, dibujaba una cálida sonrisa y casi de inmediato, regresaba su mirada al camino.

Marina quería mostrarse cariñosa con él, pero no sabía cómo serlo; se sentía tonta e inexperta. Aquí, era donde lamentaba no haber salido con alguien más en el pasado, pues seguro sabría qué hacer en un momento así.

No entendía por qué no podía comportarse como con sus amigos del colegio, lo que la llevaba a preocuparse, ya que, en todo el camino, no había dicho más palabra luego de decidir lo que iban a hacer.

Ante aquello, no podía dejar de sentirse torpe o tonta; aseguraba que alguien como él, debía tener cosas más importantes que hacer que salir con una jovencita como ella.

Al principio pensó que, el que se llevasen 7 años de diferencia no le parecía nada, pero ahora que lo veía, claramente era un mundo.

—¿Te debo parecer muy aburrida? ¿verdad? —expresó Marina finalmente, animándose a hablar.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Esteban al escuchar aquella pregunta.

—No tengo nada que contarte, me la he pasado callada todo el camino...

—Bueno, a mí me agrada el silencio, pensé que también te agradaba, pero, si no es así, dime, ¿de qué te gustaría platicar?

—Hmm… ¡No lo sé! Por eso digo que debo parecerte muy aburrida… —dijo Marina mirando hacia la ventana, mientras se enterraba las uñas en una de sus piernas.

Esteban pensó que, de cierto modo, no estaba poniendo de su parte.

—Bueno, pues porque no me hablas sobre lo que te gusta hacer, tu música favorita, no lo sé, cosas que se supone querrías que deba conocer. Al final, este mes, tal como nuestras familias lo acordaron, será para conocernos y decidir si realmente te quieres casar conmigo. —dijo Esteban recordando la comida familiar en donde don Rigoberto había sugerido aquello.

Para don Rigoberto, su hija, a pesar de ser mayor de edad, era su niña, la misma a la que jamás le había conocido algún novio. ¿Cómo podría aceptar casarse con un completo desconocido?

Aquello le sonó absolutamente ridículo, por lo que desde un inicio fue muy enfático en que bendeciría aquella unión, pero, al ver la obstinación de su hija, propuso que fuesen novios, se conocieran y, si en un mes, seguían con la misma idea, él aceptaría entregar a su hija en el altar.

Con las palabras dichas por Esteban, Marina sonrió, pues sintió un poco de calma en su corazón. Luego de aquello, comenzó a contarle sobre su música favorita, sus hobbies, sus colores favoritos y un montón de cosas más.

Los nervios de Marina se fueron disipando y Esteban se percató de que Marina no era una chica aburrida o tonta, era inteligente, un poco soñadora, pero inteligente, lo cual le daba puntos.

Ya en el cine, Esteban y Marina entraron a ver una película romántica llamada: One Day, la cual, para sorpresa de la joven, parecía que había tocado el corazón del hombre a su lado, pues podía jurar que vio cómo él había dejado salir una lágrima con el final.

---Actualmente ---

Marina se limpió las lágrimas que cubrían sus mejillas; ahora que recordaba la escena, se estaba dando cuenta de que no había sido por la película.

Tras aquella dolorosa revelación, sin pensarlo más y dejándose llevar por lo que sonaba correcto, buscó su móvil y llamó a Lina.

—¿Lina?

—¡Hola, Marina! ¿Cómo estás, hermana?

—¿Tienes el número del abogado familiar?

—¿Sucede algo? ¿Esteban te hizo algo? —preguntó Lina, preocupada.

—Voy a firmar el divorcio… Ya no tiene caso postergarlo más; necesito asesoría. —aseguró Marina limpiándose las lágrimas que se obstinaban en salir.

—¿Estás completamente segura, Marina?

—Sí…

Lina no sabía bien qué ocurría con su hermana, pues hasta hace unos días, no quería que ni le mencionaran la palabra abogado.

—Dame unos minutos, lo busco y vamos juntas a verlo.

—¡Gracias! Pero esto es algo que debo hacer sola.

—Marina…

—¡Anda! Pásame el número, ¿O se lo pido a papá?

—Tranquila, te lo paso… Dame un momento, lo estoy buscando; le avisaré que lo vas a ir a buscar; su corporativo está en un edificio en Reforma.

—Bien, creo que estoy algo cerca…

Al finalizar la llamada, Marina se maldijo por dentro, pues al salir del Grupo Montemayor caminando, había olvidado por completo que había dejado su auto aparcado frente al de Esteban; soltó un suspiro de resignación y caminó de regreso a ese lugar.

Marina acababa de llegar a su auto cuando se topó con una escena que hubiese preferido no mirar. Saliendo del elevador, Esteban y Lorena venían jugueteando como cuando eran novios en la adolescencia.

Marina dejó caer las llaves por la impresión, lo que llamó la atención de los presentes.

—¡Marina! ¿Acaso no fui claro? —dijo Esteban instando a Lorena a que subiera a su auto.

Lorena, por su parte, lo miró con terror, lo que hizo que Esteban decidiera caminar hacia su esposa.

Marina, por su lado, se había quedado pasmada y no reaccionó a la pregunta de Esteban, pero al ver que el hombre se acercaba, habló.

—¿Olvidé mi auto aquí? Pero tranquilo, no pienso molestarte más; como lo has dicho, todo lo que tengamos que hablar lo haremos por medio de nuestros abogados, así que avísale al tuyo que lo llamará el mío. —dijo Marina con mucha seguridad.

Esteban no supo por qué aquellas palabras, lejos de hacerlo sentir mejor, lo instaron a tocarla, por lo que terminó tomándola del brazo. Marina, al ver aquella acción, reaccionó y se soltó como si su toque la quemara.

—¿Qué demonios, Esteban? ¿Ahora pretendes levantarme la mano por ella? —dijo Marina mirando hacia su elegante camioneta.

Esteban reaccionó y la soltó.

—¡No! ¡Claro que no! —dijo Esteban sintiendo algo extraño en su interior. —Tal como tú lo has dicho, ¿tantos años de matrimonio y no lograste conocerme bien? ¿Crees que sería capaz de ponerte la mano encima?

—Creía que te conocía, pero en este momento, ya no sé ni con quién me casé. Ahora, si me disculpas, me voy, porque estar frente a ti solo me provoca repulsión. —dijo Marina abriendo y subiendo a su auto.

Esteban fue testigo de cómo aquella mujer que, hasta hace unas horas, lo miraba aún con los ojos llenos de ilusión, se marchaba.

Lorena, al ver la situación, no pudo contener los celos y bajó del auto para acercarse y hacerse presente.

—¿Esteban? ¿Todo bien, cariño?

—¡Sí! Todo bien, es solo que quería dejarle claro que te dejara fuera de todo esto. Lo que tenemos Marina y yo, se va a terminar pronto, pero no quiero que ella ande difamándote como me comentaste hace un momento; tú aquí no eres la villana.

—¡No te preocupes, cariño! Ella es adulta y en algún momento lo entenderá.

Esteban mintió, pues no supo ni por qué reaccionó así y menos supo por qué se sentía extraño ante aquellos ojos cargados de odio y rencor.

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