Mundo ficciónIniciar sesiónEsteban despertó cuando casi eran las 10:00 am; al hacerlo, sus movimientos hicieron que aquel par de bellos ojos color azul profundo se abrieran también.
—Hola… —dijo la mujer que dormía a su lado.
—¡Hola, mi vida! —respondió Esteban atrayéndola de la cintura hacia su cuerpo.
—De verdad, aún no puedo creerlo… —exclamó aquella mujer con la emoción desbordándose a través de su radiante sonrisa.
—¿Qué es lo que no puedes creer? —preguntó Esteban mirándola con gran interés.
—¡Lo hiciste! ¡Finalmente, lo hiciste! Dime una cosa, ¿qué te llevó a hacerlo? —preguntó aquella mujer con gran curiosidad.
Esteban, por un momento, recordó lo que había sucedido hace apenas unas horas; su semblante apacible cambió al recordar la reacción de su esposa, aunque en segundos volvió a la normalidad.
—Ya te lo había dicho, no podía más con eso… Siendo completamente honesto, todos estos malditos años han sido… —Esteban hizo una pausa, ya que estaba tratando de encontrar la mejor palabra para describir su situación; al hacerlo, una serie de imágenes incómodas llegaron a su mente: el corto noviazgo con su esposa, su boda, el nacimiento de las gemelas, los cumpleaños, los aniversarios…
—¿Un suplicio? ¿Un infierno? ¿Un terrible error? —preguntó la mujer queriendo ocultar lo que sentía en su interior.
Esteban, al escuchar aquellas palabras, sintió una punzada en el pecho; él no sabía si esas palabras eran correctas para describir lo que de verdad sentía.
—Bueno, ¿por qué hablamos de estas cosas? —dijo el hombre, cambiando radicalmente de tema mientras se acercaba más a ella y la tomaba del mentón.
—¡Tienes razón! ¡Hoy es el día para festejar! ¡Créeme, me siento como en un sueño! ¡Gracias, Esteban! ¡Gracias por estar aquí! ¡Gracias por volver a mí! —expresó la mujer con el rostro lleno de satisfacción. —Oye, por cierto, ¿ya tienes todo listo?
—¡Por supuesto! Así que debemos apresurarnos si no queremos perder el permiso de vuelo. —susurró muy cerca de los labios de aquella mujer.
Mientras Esteban disfrutaba de lo que su “nueva vida” le ofrecía, Marina, a sabiendas de que sus hijas podían regresar en cualquier momento, trató de calmarse, se dio un baño, se puso su ropa habitual y bajó a ayudar a recoger lo que había quedado de la cena.
Ella mil veces preferiría encerrarse y llorar hasta que no pudiese más, pero ¿cómo podría hacerlo? El mundo no se detendría por lo que sucedía con ella.
Marina tenía claro que no podía hacer lo mismo que Esteban, ella no podía simplemente hacer una maleta e irse a quién sabe dónde.
Un claro ejemplo de que la vida seguía fue la llamada de su hermana Lina, quien le advertía que ya iba camino a casa con sus retoños y que, si no estaban visibles, sería mejor que se pusieran algo decente.
Escenas de lo ocurrido hace unas horas iban y venían, le dolía pensar que todo lo que sucedía era verdad, pero lo que más le dolía era pensar en los papeles que Esteban le había dejado para firmar.
Le resultaba increíble pensar que, Esteban quería terminar con 9 años de matrimonio con un simple “ya no puedo más”. ¿Dónde quedaban los momentos especiales como familia? Los cumpleaños, las navidades, los desayunos en el jardín, las salidas al parque, las noches de películas, ¿dónde?
Muy en su interior, había algo que la hacía sentir aún más incómoda, ya que las palabras que su madre le dijo el día de su boda le llegaron de un modo que no supo cómo explicar.
—Marina, ¿por qué te quieres casar con él? No lo conoces, hace años que no vive aquí; no te entiendo, hija. De verdad, ¡es una locura! Tú tenías planes, estás por entrar a la universidad, Esteban es mucho más grande, él ya ha vivido cosas que tú no.
Un gemido de dolor se le escapó y varias lágrimas se escurrieron por sus mejillas al recordar aquello, inmediatamente tuvo que limpiarlas, pues se comenzaron a escuchar varias risas en el recibidor.
—¡Mami! —dijo Diana corriendo a abrazar a su madre, tal como si hubiesen estado separadas toda una vida.
—¡Mi niña! —dijo Marina, cambiando su semblante triste a una alegría fingida.
—¡MAMÁ! ¿Puedes creer la ridiculez que me dijo la tía Lina? —reclamó Renata al momento que miraba a su tía de manera acusadora.
—¿Qué sucede, cariño? ¿Qué dijo tu tía? —respondió Marina, volteando a ver a su hermana con el ceño fruncido.
—La tía Lina no nos quería traer a casa, dijo que regresáramos más tarde, pues según ella, dice que tú y papá estaban hablando sobre un nuevo bebé. Debes saberlo, mamá, de ninguna manera aceptaría otro hermano; además, ¡suena espantoso! —dijo Renata poniendo una cara de asco.
—¿Por qué dices esas cosas, hija? —exclamó Marina tratando de ocultar sus emociones.
Lina, por su parte, solo puso los ojos en blanco; conocía a Renata, sabía que era una buena niña, pero había heredado el carácter del padre y, en ocasiones, solía lanzar comentarios sin pensar.
—Madre, ¡ya no estás en edad de querer más bebés! ¿Acaso con nosotras dos no te basta? ¡Madre, tú ya estás vieja! ¿Te imaginas qué van a decir de mí en la escuela? ¡Eso sería muy humillante! —espetó Renata sin saber que aquellas palabras, hoy se le clavaban a Marina como afilados cuchillos en su corazón.
—¡RENATA! ¿Qué cosas dices? ¡Tu madre es muy joven! Mi queridísima hermana apenas tiene 27 años. Tu mami, se casó muy joven, ella no está vieja.
—Sí, tía, pero tú eres exitosa y vives en un gran apartamento y no eres mamá; mi mamá, bueno, ella solo es mamá y se la pasa en casa. —dijo la niña, sorprendiendo a ambas mujeres por lo que había dicho sin ningún filtro alguno.
—¡RENATA! —gritó Marina asombrada por la manera en la que la veía.
—¡Rana! ¡No le hables así a mamá! Ella es nuestra mamá y debes respetarla. —dijo la dulce Diana sin soltar la cintura de su mamá.
—¡Cállate, Diana! —A ti, ¿quién te metió en la plática? —dijo Renata tratando de infundirle miedo.
—¡Ya! ¡Ya, niñas! ¡Basta! ¡Basta! —dijo Marina queriendo evitar una pelea, pero sintiendo que el nudo de su garganta en cualquier momento podía salir. —¡Anden, vayan, terminen de llegar! Dense un baño y hagan sus deberes.
Marina debía admitir que con sus gemelas vivía una relación un tanto controvertida, mientras una era todo amor y dulzura, la otra era rebeldía, travesuras y una boca que usaba para dar en ocasiones su venenosa opinión.
Ella no lo decía abiertamente, pero ya se había dado cuenta de que, con el paso de los años, más este en particular, Renata la veía como su enemiga y, a su esposo, lo veía como su héroe y modelo a seguir.
Lina puso más atención a Marina, debido a que notó algo extraño en su semblante, sus ojos no se veían tan brillantes como anoche y, aun con el poco maquillaje que se había colocado, se notaban los ojos rojos e inflamados.
Tras ver que las niñas corrían a sus habitaciones, dijo:
—¡Vamos a caminar al jardín!
Marina no lo decía abiertamente, pero sí, sí necesitaba salir a tomar un poco de aire.
—Marina… ¿Cómo te fue anoche?
Marina solo se enfocó en cortar las rosas que se encontraban marchitas; aquella evasión le mostró a Lina que efectivamente algo había ocurrido y definitivamente no era bueno.
—¿Hermana? ¿Todo bien?
Lina y Marina habían sido confidentes desde que tuvieron uso de razón; no había nada que una no supiera de la otra; sin embargo, esta vez, para Marina, no le resultaba nada fácil hablar de lo que le ocurría.
—¿Sabes que puedes confiar en mí? ¿verdad?
—Esteban me pidió el divorcio… —dijo Marina con los labios temblando y ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué clase de broma es esta, Marina? No bromees con esas cosas, ayer fue su aniversario, ¿qué pasó? ¿Discutieron?
—No es una broma… Él tomó una maleta y se fue… —dijo Marina, llevándose las manos al rostro.
Lina, al ver la reacción de su hermana, no dudó ni un segundo en abrazarla; no entendía nada, algo así no tenía una explicación lógica.
Todo ello sucedía, mientras Ofelia, la ama de llaves, tomaba una llamada del aeropuerto.
—Señora Marina, señorita Lina… Lamento interrumpir, pero le llamaron al señor del aeropuerto; dicen que, si el señor no llega en una hora, perderá el permiso de vuelo a Maui.
—¿Maui? —replicó Marina, sorprendida.
—Sí, señora, el capitán llamó hace unos minutos y me pidió que le avisara, dicen que lo han intentado localizar en el móvil, pero no han tenido éxito.
En un acto que ni Ofelia, ni Lina hubiesen imaginado, Marina dijo:
—¡Lina!
—Dime…
—¡Llévame al aeropuerto! —exclamó Marina llena de preocupación.
—¡Marina! —dijo Lina, sorprendida ante el cambio de actitud. —¡Cálmate! ¿Qué sucede? ¿Por qué quieres ir al aeropuerto?
—¡Maldita sea, Lina! ¡Solo llévame! —dijo Marina sintiendo que, si Esteban se iba, jamás lo volvería a ver.







