Los gritos en el pasillo resonaron como un trueno que sacudió cada rincón del palacio.
El eco viajó rápido, atrayendo a los guardias imperiales, que llegaron en cuestión de segundos, armados y con el instinto de protección a flor de piel.
Tras ellos, se escuchó el paso acelerado de botas más ligeras: los médicos del imperio, con sus batas blancas ondeando al ritmo de la urgencia.
—¡Denle espacio, por favor! —ordenó uno de ellos, apartando a quienes se agolpaban para ver qué había ocurrido.
Audre