Al día siguiente, Elara caminaba por los pasillos del palacio con el corazón encogido.
La noticia del pacto entre Jarek y el rey del Norte había llegado a sus oídos antes de que pudiera procesarla completamente.
—Pero… —susurró, apretando los puños contra su pecho—, ¡al amor no se le puede obligar! ¿Y si ellos pertenecen a alguien más? ¿Y si su corazón ya late por otra persona?
—Elara… —dijo, con un tono que intentaba suavizar la dureza de sus palabras—. Esto es lo que debe suceder. No podemos e