Jarek la apartó con un movimiento firme.
Sus ojos, oscuros como la tormenta que se avecinaba, buscaron a Elara con una mezcla de confusión y rabia.
—¿Qué estás diciendo, Elara? —su voz sonó grave, ronca, como si se le hubiese atorado el corazón en la garganta.
Elara no desvió la mirada ni por un segundo. Estaba erguida, desafiante, con los puños a ambos costados del cuerpo.
Había fuego en su pecho y una herida en su alma, una tan profunda que ya no sangraba: ardía.
—¡Digo que ese cachorro que es