Cuando el auto finalmente se detuvo, Elara no esperó a que Thoren le abriera la puerta.
Bajó por su cuenta, como si algo la llamara con urgencia, desde el mismo corazón de la tierra.
La brisa era distinta.
Más densa, cargada de un aroma antiguo, casi sagrado.
Frente a ella, se alzaba una colina cubierta de árboles centenarios, y justo en la entrada del camino empedrado, un letrero de madera carcomido por los años colgaba, casi vencido por el tiempo. Aún podía leerse, aunque con dificultad:
"Bien