El Regreso de la Esclava: Destronando al Alfa

El Regreso de la Esclava: Destronando al AlfaES

Hombre lobo
Última actualización: 2026-02-06
G.V.STELLARIS  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Hace cinco años, la manada Russell vendió a su propia sangre para saldar una deuda. Jade Russell fue marcada como esclava, humillada y abandonada a su suerte en las calles de la ciudad. Pero Jade no murió; ella se reconstruyó entre las sombras del mundo corporativo. Hoy, Jade ha vuelto a la metrópolis bajo una identidad impecable. Su objetivo es claro: ver a su antigua manada arrodillada. Para lograrlo, necesita al Alfa más temido de la costa este: Conrad Baldwin. El pacto es simple: Un matrimonio de conveniencia por un año. Sin sentimientos, solo beneficios. Lo que Conrad no sabe es que Jade oculta un secreto que podría destruir su imperio: él es su compañero destinado. Mientras Jade lucha por suprimir su aroma con inhibidores químicos, su loba interior enloquece cada vez que él está cerca, exigiendo reclamar a su macho. En una guerra de poder donde el deseo es el arma más peligrosa, Jade deberá decidir: ¿Seguir el hilo del destino que una vez la traicionó, o prenderle fuego a la corona del hombre que ahora duerme en su cama? Venganza. Pasión. Poder. La esclava ha regresado por su trono... y esta vez, nadie la detendrá.

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Capítulo 1

CAPÍTULO 1: LA CARA DEL DIABLO

POV JADE

Mis manos sudaban. Era una reacción física estúpida que no podía controlar, por más que mi mente estuviera fría como un témpano. Me ajusté la gargantilla de oro blanco, sintiendo el contacto gélido de la obsidiana contra mi garganta. Sabía que si esa piedra se movía un milímetro, si el hechizo que contenía fallaba, mi aroma a loba inundaría este rascacielos como un incendio forestal. Y yo no podía permitirme arder todavía.

El ascensor marcó el piso 60. Las puertas se abrieron y el aire acondicionado me golpeó, cargado de ese olor a dinero y colonia cara que solo los hombres como Conrad Baldwin podían costear.

—Señorita Russell, el señor Baldwin la recibirá ahora —dijo una secretaria que parecía un robot con falda de tubo.

Ni siquiera le respondí. Caminé hacia la oficina doble, escuchando el eco de mis tacones contra el mármol. Click, clack. El sonido de mi ejecución o el de mi ascenso. Hace cinco años, yo estaba arrodillada en un sótano sucio, rogando por mi vida mientras mi propio padre me vendía al mejor postor. Hoy, mis zapatos costaban más que la deuda de mi antigua manada.

Entré sin llamar.

Conrad estaba de espaldas, mirando la ciudad a través de la enorme pared de cristal. La nieve caía afuera, pero él no parecía sentir el frío. Su presencia era como una presión física en la habitación. Mi loba, esa parte de mí que llevaba años enjaulada y sedada por inhibidores, se puso en pie de guerra. Aulló. Rasguñó las paredes de mi estómago, desesperada por saltar sobre él.

“Cállate”, le ordené mentalmente. “No es un compañero, es una herramienta”.

—Llegas tarde, Russell —su voz era un barítono profundo que me erizó los vellos de la nuca.

—Tres minutos. Estaba ocupada comprando una de tus empresas subsidiarias, Baldwin —mentí con una sonrisa afilada.

Él se giró lentamente. Sus ojos, ese azul gélido que había visto en mil revistas, me atravesaron. Me sentí desnuda bajo su mirada, como si pudiera ver a través de la seda de mi vestido y encontrar la marca de esclava que todavía llevaba oculta en la cadera.

—No me gustan los juegos, y menos los de una humana que cree que puede jugar en la liga de los depredadores —dijo él, caminando hacia mí. Cada paso que daba era una amenaza.

—No soy una humana común. Soy la mujer que te va a dar el trono del Norte —me obligué a no retroceder. Conrad se detuvo a escasos centímetros de mí.

Dios, su olor. Era madera, tormenta y algo salvaje que me nubló el juicio por un segundo. Mi loba dio una vuelta de campana. Mate. Mate. Mate. El vínculo gritaba en mi sangre, una conexión eléctrica que amenazaba con hacerme caer de rodillas.

Él frunció el ceño, aspirando el aire cerca de mi cuello. Su mirada bajó a mi gargantilla.

—Hueles a nada —susurró, y su mano subió, casi rozando mi piel—. Es antinatural. Todo en ti es una mentira, Jade Russell.

—Las mentiras son más útiles que la verdad en este mundo, Conrad. Viniste a hablar de negocios o a oler mi perfume?

Conrad soltó una carcajada seca, carente de humor.

—Vine a ver si valías el riesgo de una guerra entre manadas.

—Valgo eso y más. Tengo los códigos, tengo las tierras y tengo el plan para destruir a los Russell desde adentro. Solo necesito tu nombre. Tu protección.

—¿Quieres un matrimonio de conveniencia? —arqueó una ceja, divertido—. ¿Sabes lo que significa dormir en la cama de un Alfa como yo? No soy un caballero, Jade. Soy un animal.

—He sobrevivido a monstruos peores que tú, Baldwin. Pon el contrato sobre la mesa. Yo pongo mi vida.

Conrad me tomó del mentón, obligándome a sostenerle la mirada. Por un instante, el azul de sus ojos brilló con un destello plateado. Su lobo estaba ahí, justo debajo de la superficie, oliendo la trampa. O quizás, oliendo a su compañera.

—Un año —sentenció—. Si en un año no tengo la corona de los Russell, te entregaré yo mismo a ellos para que terminen lo que empezaron.

—Trato hecho —dije, aunque por dentro mi loba lloraba de frustración porque no lo había besado.

Salí de esa oficina con las piernas temblando. Me encerré en el baño del pasillo y me apoyé contra el lavabo, respirando con dificultad. Me miré al espejo. Mis ojos avellana estaban dilatados.

—Solo un año —me dije a mi reflejo—. Sobrevive a él un año, y el mundo será tuyo.

Pero mientras acariciaba la piedra negra de mi collar, supe que la guerra más difícil no sería contra mi familia. Sería contra el hombre que acababa de comprar mi libertad y contra la bestia que vivía dentro de mí, deseando que él me destruyera.

El peso del contrato en mi bolso se sentía como una bomba de tiempo. Mientras caminaba por el pasillo de mármol, intenté ignorar el hormigueo en mi piel. Conrad no era solo un Alfa; era un Baldwin, una estirpe que no conocía la piedad.

—Señorita Russell.

Me detuve en seco. Un hombre alto, de hombros anchos y mirada de halcón, bloqueaba el camino hacia los ascensores. Su traje gris era tan afilado como su mandíbula. Sterling Thorne. Sabía quién era: la mano derecha de Conrad, su ejecutor silencioso y el hombre que se encargaba de que los secretos de los Baldwin permanecieran bajo tierra.

—Señor Thorne —asentí, manteniendo mi voz plana—. ¿Necesita algo?

Él no sonrió. Se limitó a dar un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal de una manera que me hizo apretar los dientes. Sus ojos recorrieron mi rostro con una intensidad clínica.

—El señor Baldwin puede ser un hombre difícil de impresionar, pero no es tonto —dijo Sterling, su voz era un susurro peligroso—. Yo, en cambio, soy un escéptico profesional. Y hay algo en usted que no cuadra con los registros corporativos que me entregó.

—Mis registros son impecables, Thorne. Puede revisarlos cien veces si quiere.

—Oh, lo haré. Pero no hablo de papeles. Hablo de su rastro. —Se inclinó un poco más, y por un segundo temí que pudiera escuchar los latidos desbocados de mi corazón—. El aire en esa oficina cambió cuando usted entró. No sé qué está ocultando bajo esa piedra negra que lleva al cuello, pero lo descubriré. Y si es una amenaza para mi Alfa, no llegará viva al día de la boda.

—Considérelo un reto —respondí, pasando por su lado con la cabeza en alto, aunque por dentro mis nervios eran puro cristal rompiéndose.

Bajé al estacionamiento y me subí a mi auto. Mis manos temblaban tanto que me costó encender el motor. Tenía que calmarme. Mañana se anunciaría nuestro compromiso y la cacería comenzaría oficialmente. Pero justo cuando puse la mano en la palanca de cambios, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido. Solo una foto.

Se me congeló la sangre. Era una imagen de mí, tomada hace apenas unos minutos, saliendo del edificio de Conrad. Pero lo que me hizo soltar un grito ahogado no fue la foto en sí, sino el texto que la acompañaba:

"Las esclavas no llevan coronas, Jade. Llevan cadenas. Y yo todavía tengo las tuyas. Disfruta tu última noche de libertad, loba traidora".

Mis ojos se llenaron de lágrimas de rabia. Era Brooks Harrison. Mi antiguo mate. El hombre que me marcó y luego me entregó a los verdugos. Él sabía que yo estaba aquí. Sabía que había vuelto.

De repente, la ventana de mi coche estalló.

Un impacto violento me cubrió de cristales rotos. Me cubrí la cara, gritando, mientras un hombre encapuchado metía la mano por el hueco, intentando alcanzar mi cuello. No quería mi bolso. No quería mi dinero. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la gargantilla de oro blanco.

—¡Suéltame! —grité, golpeándolo con todas mis fuerzas.

Sentí el tirón violento. El cierre del collar cedió. La cadena se rompió y la piedra de obsidiana cayó al suelo del coche, lejos de mi piel.

El efecto fue instantáneo.

Sin el inhibidor, mi aroma de loba pura, potente y ancestral explotó en el espacio cerrado del vehículo. Fue como un trueno silencioso. El atacante retrocedió, aturdido por la potencia de mi presencia, pero yo ya no podía ver nada. Mi visión se tiñó de ámbar. Mis uñas se alargaron, desgarrando el cuero del volante.

En el piso 60, Conrad Baldwin estaba sirviéndose un whisky cuando se detuvo en seco. La copa cayó de su mano, estrellándose contra el suelo. Se llevó una mano al pecho, jadeando, mientras sus ojos azules se volvían completamente plateados.

Su lobo acababa de despertar con una sola palabra quemándole el alma.

"Mate".

Abajo, en el estacionamiento oscuro, yo estaba sola, expuesta y perdiendo el control. La cacería no había empezado mañana. Había empezado ahora. Y yo acababa de perder mi única protección.

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CAPÍTULO 1: LA CARA DEL DIABLO
CAPÍTULO 2: EL AROMA DE LA TRAICIÓN
CAPÍTULO 3: LA GUARIDA DEL ALFA
CAPÍTULO 4: TINTA Y DESEO
CAPÍTULO 5: VOTOS DE SANGRE Y SEDA
CAPÍTULO 6: ECLIPSE DE CELOS
CAPÍTULO 7: EL DESPERTAR DE LA BESTIA
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