Cuando llamaron a la puerta del salón del trono, Jarek ya no era un rey: era un padre devorado por la furia.
La sangre le hervía, la mandíbula apretada casi al punto de romperse. Sus manos temblaban, no por miedo, sino por la rabia ciega que amenazaba con consumirlo.
La puerta se abrió con un crujido solemne.
Lucien entró con paso firme, aunque el peso en su pecho amenazaba con quebrarle las costillas. Hizo una reverencia con respeto, los ojos clavados en el suelo, sabiendo que la tormenta ya es