Elara la miró. No necesitó decir nada. Su mirada hablaba con una claridad cruel.
Y Alessia lo sintió… como un puñal directo al pecho.
—Mamá… ¿Por qué me miras así? —preguntó con la voz entrecortada, como si se estuviera rompiendo por dentro.
La Luna no respondió de inmediato. Solo clavó en ella sus ojos dorados, con una mezcla de tristeza y decepción tan profunda que el aire mismo pareció perder oxígeno.
Entonces, con la voz firme, cortante como la hoja de una espada, lo dijo:
—Sal ahora mismo,