EMELY.
Sentí el frío de la obsidiana por última vez antes de que el mundo se volviera puro dolor. La doctora me sujetó con fuerza mientras Sebastian rodeaba la empuñadura. No hubo anestesia, no hubo palabras bonitas. Solo sentí el aceri desgarrando la carne hacia afuera.
—Mírame, Emely. No cierres los ojos, maldita sea —me ordenó con la voz rota, intentando ser el ancla que me mantuviera en la superficie—. Quédate conmigo. Solo un poco más, mi vida. Resiste.
—Duele... —logré soltar en un jadeo,