EMELY.
Han pasado dos días desde que el frío de la obsidiana casi me apaga el alma. El aire en la mansión ya no huele a sangre ni a desesperación, sino al aroma suave de los bebés y a la leña que chisporrotea en la chimenea de la sala principal. Estoy sentada en el sofá de terciopelo, con Kaelen dormido en mi regazo y Zaleia moviendo sus pequeñas manos contra mi pecho. Sentir su peso, su calor real, es el único recordatorio que necesito de que la batalla valió la pena.
Selene, mi suegra, está s