OLIVAR.
Lo agarré por el cuello y lo arrastré por el pasillo. El sonido de su cuerpo golpeando la piedra y el roce de las cadenas eran lo único que quería escuchar. Estaba furioso. La idea de concederle una batalla después de todo lo que hizo me revolvía el estómago, pero la ley antigua no se discute frente a la manada. Al llegar a la celda más profunda, lo lancé al suelo como el despojo que es.
Garino y Sebastian se movieron rápido. Le pusieron las argollas de plata en las muñecas, los tobillo