EMELY.
Tengo el corazón de Vargo en mi mano derecha. Siento su último latido espasmódico contra mi palma antes de que se detenga por completo. El silencio en el círculo es sepulcral, solo roto por el crepitar de las brasas.
En ese instante, la manada estalla. El rugido colectivo hace vibrar el suelo bajo mis pies. Los lobos saltan al círculo, rompiendo la formación. No hay piedad. Se lanzan sobre los restos de Vargo, desmembrándolo en un frenesí de dientes y garras. Separan sus extremidades, de