EMELY.
El rebote sobre el lomo de Owen era constante y violento. Cada salto que daba sobre los troncos caídos o las rocas me sacudía los huesos, pero de pronto, un pinchazo agudo y caliente en el bajo vientre me dejó sin aliento. No era un dolor muscular; era una señal de advertencia que me heló la sangre.
—¡Owen, detente! —grité, enterrando mis dedos en su pelaje gris—. ¡Para, por favor!
El enorme lobo clavó las garras en la tierra, derrapando hasta detenerse en seco. Soltó un gemido de preocu