OLIVAR.
El aire apestaba a ozono y sangre.
La cabaña de Arles no era más que una cáscara vacía, una distracción que Malphas aprovechó para cerrarnos el paso. El bastardo apareció entre los árboles con dos docenas de sus hombres, creyendo que la sorpresa le daría la ventaja. Se equivocó.
—¡Mátenlos a todos! —rugió Malphas desde la retaguardia, escondiéndose como el cobarde que es.
Garino estaba a mi lado, convertido en un muro de pelaje negro y colmillos que no dejaba de arrancar gargantas. Mis