Mundo ficciónIniciar sesiónEn las profundidades del bosque de Eldoria, la lealtad es más que una ley: es una cadena de sangre. Derek, un Alfa implacable, gobierna su manada con puño de hierro, manteniendo un equilibrio precario que está a punto de romperse. Bryan, un joven atrapado en una vida humana que siente ajena, ignora que el fuego que corre por sus venas no es rebeldía, sino el rastro de una herencia licántropa que le fue arrebatada al nacer. El encuentro fortuito con Natalia, una mujer con un pasado ligado a los secretos del bosque, rompe el velo. Cuando ella le revela la verdad sobre su naturaleza, no solo despierta al lobo en el interior de Bryan, sino que activa una antigua profecía que pone en jaque la autoridad de Derek. Atrapado entre su humanidad y un instinto salvaje que lo reclama, Bryan se convierte en el epicentro de una guerra interna: para Derek, el joven es una amenaza que debe ser eliminada o sometida; para Natalia, es el hombre que ama y la llave para salvar a Eldoria de su propia oscuridad. La tensión estalla en un triángulo amoroso letal donde el deseo se mezcla con la supervivencia. Mientras la rivalidad entre el Alfa y el novicio amenaza con desmembrar a la manada, Natalia se ve obligada a tomar una decisión que desafía las leyes de la naturaleza y del corazón. En un giro que romperá todas las reglas, ella no elegirá a un bando, sino que forjará una alianza prohibida con ambos lobos para enfrentar un destino que busca destruirlos a todos. En Eldoria, el amor no es una elección... es el sacrificio final.
Leer másEl bosque de Eldoria no era un lugar para los vivos, o al menos eso decían las leyendas que Bryan había escuchado desde niño. Sin embargo, para él, Eldoria era el único lugar donde el ruido constante en su cabeza finalmente se silenciaba.
Esa tarde, el aire pesaba más de lo normal. Bryan se detuvo en un claro, respirando hondo. No era solo el aroma a pino y tierra mojada; era algo más. Podía oler el miedo. Podía oler el rastro de algo metálico, como la sangre, a kilómetros de distancia. Sus dedos se clavaron en la corteza de un roble, y por un segundo, sintió que sus sentidos se expandían como una red eléctrica.
—Otra vez no —susurró, cerrando los ojos con fuerza.
Últimamente, su cuerpo se sentía como una jaula demasiado pequeña para su propio espíritu. Sus músculos ardían y su audición era tan aguda que el aleteo de un búho a lo lejos sonaba como un trueno. Bryan siempre se había sentido un extraño entre los humanos, un error del sistema, pero en Eldoria, esa extrañeza se sentía como… pertenencia.
Un crujido de ramas secas a su espalda lo puso en alerta. No fue un movimiento lento; sus reflejos actuaron antes de que su mente pudiera procesarlo. Se giró con una velocidad que ningún humano debería poseer.
Allí, entre la penumbra de los árboles, estaba ella.
Natalia.
No era la primera vez que la veía. Ella vivía en una pequeña cabaña en los límites del bosque, una mujer de belleza inquietante y ojos que parecían haber visto el fin del mundo. Pero hoy, Natalia no parecía la vecina solitaria. Estaba pálida, sus manos temblaban y su ropa estaba rasgada.
—Bryan, tienes que irte —dijo ella, su voz era un hilo de urgencia—. Ahora.
—Natalia, ¿qué haces aquí? Es casi de noche, los lobos están… —Bryan se detuvo.
Un aullido desgarró el silencio. No fue un aullido común. Era un sonido profundo, vibrante, que hizo que los huesos de Bryan vibraran en sintonía. Era una orden. Un llamado a la caza.
—Ellos no son simples lobos, Bryan —dijo Natalia, acercándose a él y tomándolo de los brazos. Sus ojos se clavaron en los de él con una intensidad aterradora—. Y tú no eres un simple chico de pueblo. Él te ha sentido. Derek sabe que estás aquí.
—¿Derek? ¿De qué hablas? —Bryan sintió una oleada de calor recorriéndole la columna. Sus pupilas se dilataron hasta casi borrar el color de sus ojos.
—El Alfa —susurró ella—. El hombre que ha gobernado este bosque con sangre durante décadas. Sabe que el heredero ha despertado.
De repente, el bosque se quedó en un silencio sepulcral. Los pájaros dejaron de cantar. El viento dejó de soplar. Bryan sintió una presencia imponente emergiendo de las sombras. No era un lobo, al menos no todavía. Era un hombre alto, de hombros anchos y una mirada tan fría que parecía capaz de congelar el fuego. Sus ojos eran de un amarillo eléctrico que brillaba en la oscuridad creciente.
Era Derek. Detrás de él, dos enormes lobos de pelaje oscuro emergieron, gruñendo, con los colmillos al aire.
—Vaya, vaya —la voz de Derek era un barítono que destilaba autoridad y desprecio—. Así que este es el cachorro que ha estado merodeando por mis dominios.
Bryan dio un paso atrás, protegiendo instintivamente a Natalia. La rabia, una emoción que siempre había luchado por contener, comenzó a hervir en su pecho. Sintió que sus uñas se alargaban, que sus dientes presionaban contra sus encías.
—No sé quién eres —gruñó Bryan, y su propia voz sonó extraña, más animal que humana—. Pero no nos vas a tocar.
Derek soltó una carcajada seca, carente de humor.
—¿"Nos"? La humana es solo un peón, muchacho. Tú eres el problema. Tienes un rastro que apesta a una pureza que creí haber extinguido hace veinte años.
Derek avanzó un paso. Los lobos a su lado se tensaron, listos para saltar. Natalia apretó el brazo de Bryan, y él sintió que algo en su interior finalmente se rompía. La "jaula" se abrió.
—¡Corre, Natalia! —gritó Bryan.
Pero no fue el miedo lo que lo dominó. Fue la transformación. Un dolor agudo y desgarrador recorrió sus extremidades mientras sus huesos se quebraban y se reconfiguraban en segundos. El grito de Bryan se convirtió en un rugido que sacudió las copas de los árboles.
Derek dejó de reír. Su expresión pasó de la burla a una furia asesina.
—Maten al cachorro —ordenó Derek a sus lobos—. Ahora mismo.
Los dos lobos saltaron sobre Bryan, quien ahora, en medio de la agonía del cambio, veía el mundo en cámara lenta. Sus sentidos explotaron. Vio la saliva volando de las fauces de sus enemigos, sintió el poder fluyendo por sus nuevas garras.
Justo cuando el primer lobo estaba a punto de cerrarse sobre su garganta, Bryan hizo algo que nadie esperaba. No huyó. Se lanzó hacia adelante con una fuerza devastadora.
Pero antes de que el choque ocurriera, Natalia gritó algo en un idioma antiguo, y una luz blanca cegadora brotó de sus manos, lanzando a los lobos de Derek hacia atrás.
Bryan, medio transformado, con los ojos brillando en un dorado puro que eclipsaba el amarillo de Derek, miró a Natalia. Ella lo miraba con una mezcla de amor y terror.
—Perdóname, Bryan —susurró ella mientras Derek se transformaba en una bestia colosal frente a ellos—. Solo hay una forma de que sobrevivas a esta noche, y es que me pertenezcas a mí tanto como a él.
Derek, ahora un lobo negro del tamaño de un oso, lanzó un aullido de guerra. El suelo tembló. Bryan estaba atrapado. A un lado, el Alfa que quería su cabeza; al otro, la mujer que amaba y que claramente ocultaba un poder oscuro.
La lucha por Eldoria acababa de empezar.
El silencio después del placer fue más pesado que nunca.Bryan había vuelto completamente a su forma humana, pero aún tenía rastros de sangre seca en el pecho y la barbilla. Natalia se había vestido con los restos de su ropa, temblando. No solo de frío. Eldrin estaba sentado a unos metros, observándolos como quien mira una obra de teatro.Natalia se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se puso de pie. Su cuerpo aún sentía el eco de las embestidas salvajes contra el árbol. Pero esta vez, el placer dejó un sabor amargo.—No puedo seguir así —dijo de pronto, con la voz quebrada pero firme.Bryan, que estaba ajustándose los pantalones rotos, se detuvo. La miró por encima del hombro.—Acabamos de sobrevivir. Otra vez.—No me refieres a eso —replicó ella, dando un paso hacia él—. Me refiero a ti. A lo que estás haciendo conmigo. A lo que te estás haciendo a ti mismo.Bryan se giró lentamente. Sus ojos seguían teniendo un leve tono dorado.—Hice lo que tenía que hacer. Cacé. Me alim
El bosque se había convertido en un laberinto hostil. Los aullidos de la manada de Derek resonaban cada vez más cerca, cortando el aire como cuchillas. Corrían sin descanso. Natalia llevaba a Eldrin en brazos, quien permanecía extrañamente silencioso, observando todo con esos ojos demasiado antiguos.Bryan iba al frente, pero su paso era irregular. La voz del Progenitor ya no susurraba… rugía.«Tienes hambre. Tienes sed de sangre. Detente de huir como un cobarde.»—No… —gruñó Bryan entre dientes, apretando los puños mientras corría.Un dolor brutal estalló en su columna vertebral. Cayó de rodillas con un grito ahogado, clavando las manos en la tierra húmeda. Sus venas ardían como si sangre hirviendo corriera por ellas.—¡Bryan! —gritó Natalia, deteniéndose a varios metros.Él levantó una mano temblorosa, intentando alejarla.—Aléjate… ¡No te acerques!Pero el Progenitor no le permitió control.«Caza. Alimenta la bestia. O morirán todos por tu debilidad.»Un chasquido húmedo resonó cua
El amanecer llegó frío y gris, filtrándose entre las copas de los árboles como una advertencia. Natalia despertó con el cuerpo dolorido. Entre sus piernas aún sentía el eco de las embestidas brutales de la noche anterior. No era solo dolor físico… era el vacío que había quedado después.Bryan ya estaba despierto, de pie, guardando las pocas cosas que les quedaban. No la miró. Ni una sola vez.Natalia se incorporó lentamente, cubriéndose con lo que quedaba de su camisa rota. Eldrin seguía dormido, pero su pequeño pecho subía y bajaba con una calma inquietante.—Tenemos que hablar —dijo ella con voz ronca—. Ahora.Bryan se tensó, pero siguió de espaldas.—No hay tiempo.—Siempre dices lo mismo —replicó Natalia, levantándose con dificultad—. Anoche me follaste como si me odiaras… y ahora ni siquiera puedes mirarme a la cara.Él se giró por fin. Sus ojos tenían ese brillo dorado demasiado intenso, casi inhumano.—Hice lo que necesitabas —respondió con frialdad.—¿Lo que necesitaba? —Natal
El fuego era pequeño, casi tímido, como si temiera llamar la atención del bosque. Habían encontrado una cavidad entre rocas cubiertas de musgo, un refugio precario que apenas los protegía del frío que se filtraba desde el suelo. Eldrin dormía profundamente envuelto en la capa de Natalia, respirando con esa calma antinatural que ya no sorprendía a nadie.Natalia no podía dormir.Observaba a Bryan, sentado al otro lado de las llamas, con la espalda recta y la mirada perdida en la penumbra. Había algo diferente en su postura. Más rígido. Más lejano. Como si una parte de él ya no estuviera allí con ellos.—Bryan… —susurró ella.Él no respondió de inmediato. Dentro de su cabeza, la voz volvió a hablar, baja, seductora, peligrosa.«Ella siente tu distancia. Bien. La distancia es protección.»Bryan apretó la mandíbula y cerró los ojos un segundo.—No es nada —dijo finalmente, sin mirarla—. Descansa.Pero Natalia ya no creía en sus “nadas”. Se levantó despacio y rodeó el fuego. Se detuvo fren





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